V REUNIÓN IBEROAMERICANA DE MINISTRAS Y REPRESENTANTES DE POLÍTICAS HACIA LA MUJER, PORTUGAL, 1999

LA GLOBALIZACIÓN: SU IMPACTO SOBRE LAS MUJERES

Señora Presidenta,
Señoras y señores:

Casi un cuarto de siglo nos separa de 1975, que fuera declarado Año Internacional de la Mujer por las Naciones Unidas, a instancias de la Federación Democrática Internacional de Mujeres (FDIM) —creada al terminar la II Guerra Mundial por mujeres decididas a luchar por impedir que se repitiera en el mundo la barbarie perpetrada por las hordas fascistas que causaron millones de muertes, muchas de las cuales correspondientes a mujeres y niños de la asolada Europa—, organización que, por su fuerza y autoridad internacional en la labor por la paz y los derechos de la mujer y el niño, había obtenido el estatus consultivo ante el Consejo Económico y Social (ECOSOC).

Ése fue el año de celebración de la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer, que por la objetividad y el carácter crítico de sus análisis, por la integralidad y multilateralidad del enfoque de los temas, por la cruda y directa forma en que se revelaron las condiciones de vida y la discriminación de que eran víctimas las mujeres en el mundo, despertó gran sorpresa y preocupación en quienes hasta entonces habían subestimado la inteligencia, las capacidades, la fuerza numerosa y la sed de justicia presentes en las mujeres.

El Plan de Acción para el Adelanto de la Mujer aprobado en México marcó el inicio de la Década de Naciones Unidas para la Mujer, durante la cual se impulsaron los objetivos de participación, de justicia y equidad para ellas. La etapa sirvió de marco para llamar la atención acerca del tema mujer, del concepto de género, para sumar conciencias, voluntades, atraer a esta lucha a profesionales, intelectuales, políticos.

Resultado fundamental de esta etapa fue la aprobación por la Asamblea General de Naciones Unidas de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), de trascendental importancia para el reconocimiento internacional de los derechos de la mujer. Recientemente, en este año, que marca el vigésimo aniversario de este acto, la Comisión de la Condición de la Mujer acaba de aprobar su Protocolo Facultativo, paso imprescindible en el completamiento de dicho tratado.

La Conferencia de Nairobi, celebrada en 1985, constituyó un importante momento de evaluación de la Década de la Mujer, sus logros y principales obstáculos, lo que permitió formular nuevos objetivos estratégicos hasta el año 2000. También acordó que diez años después, antes de entrar en el próximo milenio, se celebrara otra conferencia con el mismo propósito.

En 1995, tuvo lugar en China la más nutrida Conferencia Mundial convocada por Naciones Unidas: la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, donde se aprobó la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing, con más de cinco mil representantes de gobiernos de los diferentes países y más de treinta y ocho mil mujeres integrantes de organizaciones empeñadas en todo tipo de tareas por el adelanto de la mujer.

Tanto las Estrategias de Nairobi, orientadas hacia el futuro para el adelanto de la mujer, como las doce áreas de especial preocupación contenidas en la Plataforma de Beijing, tienen hoy toda su vigencia y constituyen un magnífico programa de compromiso de los gobiernos y un importante instrumento en manos de las organizaciones no gubernamentales para ejercer presión, para exigir a sus gobiernos, para movilizar a las mujeres y a la opinión pública, para impulsar la realización de sus objetivos encaminados al avance de la mujer, a la obtención de la plena igualdad de derechos y oportunidades.

Si difíciles fueron las condiciones de vida de las mujeres y las niñas que analizábamos en México, en Nairobi, en Beijing, más aún son transcurridos casi veinticinco años de aquella primera histórica cita.

Las condiciones de hoy son totalmente diferentes. No existe el campo socialista del Este Europeo y se desintegró la URSS. Vivimos en un mundo unipolar, hegemónico, donde los mercaderes de la guerra continúan aguzando conflictos y desencadenando contiendas sangrientas, con altos saldos de mujeres y niños como víctimas. Esto ocurre a pesar de que muchos vaticinaban que con el fin de la «guerra fría» se alcanzaría la real distensión y la paz, que los cuantiosos recursos dedicados a producir y comprar armamentos serían utilizados para dar de comer a todos los seres humanos del planeta, para garantizarles empleo, escuelas, hospitales...

Sin embargo, se continúa produciendo y perfeccionando armas convencionales, químicas, biológicas, nucleares. Monstruosos engendros son las armas inteligentes capaces de matar a la población civil dentro de sus refugios, que en los últimos tiempos han sido utilizadas, asesinando a muchos niños.

Pero no son las víctimas del terrorismo de Estado volcado contra otros países las únicas; hay violencia permanente que arrebata muchas más vidas.

Nos impele hoy la urgencia de unirnos, de estrecharnos en un solo haz las mujeres y los hombres conscientes para aportar y buscar soluciones a los perversos y letales males de esta época que, engendrados por la globalización neoliberal, excluyen a la mitad de los pobladores del planeta de los derechos más elementales (derecho a la educación, a los servicios de salud, al empleo, a la alimentación), privándolos incluso de ejercer el más sagrado de los derechos humanos: el derecho a la vida.

Extraordinariamente importante es que la globalización actual, que se encuentra hoy en el centro de muchos debates, sea tema de la Cumbre de los Presidentes de Iberoamérica que se celebrará en La Habana en noviembre próximo. Es esencial que en esta Reunión Iberoamericana de Ministras y Encargadas de las Políticas hacia la Mujer evaluemos el vínculo entre la globalización y los derechos humanos de las mujeres.

El término de globalización no tiene una acepción única y muchos teóricos y políticos contemporáneos prefieren utilizar el de mundialización en su lugar.

El término de mundialización, surgido desde inicios del siglo, en medio de los debates por instaurar una nueva comunidad de naciones, reivindicaba unión, nuevas solidaridades entre los pueblos, mientras que el de globalización, que tiene sus orígenes en la teoría de la aldea global de Marshall McLuhan, connota unificación, homogenización.

La diferencia es grande y hondamente sustancial. De modo que el problema no es verdaderamente semántico. Aunque no es nuestra intención adentrarnos en la esencia lógico-formal del concepto, ni discernir sobre su definición, nos apoyaremos fundamentalmente en sus más indiscutidos y consensuados rasgos, adentrándonos
sobre todo en sus consecuencias.

Nos enfrentamos hoy a dos visiones de la globalización.1Aunque ambas parten de que es ley inevitable de la sociedad, la primera de ellas, como concepción dogmática, augura una aldea global unificada sólo por la informática y la velocidad de los medios de transporte, donde se desatan fuerzas que escapan al control de los Estados nacionales, y seríamos espectadores pasivos e impotentes frente a acontecimientos globales que nunca antes nos afectaron tan profundamente.

La otra visión, más realista y dialéctica, corresponde a un enfoque en que la globalización es ley inevitable de la sociedad humana y del desarrollo de la ciencia y la técnica, asistida por los grandes avances tecnológicos, una sociedad que, basada en principios humanistas, de justicia y equidad, podría crear sobradas condiciones de participación y de modesto bienestar para todos.

Sin embargo, lo que ocurre hoy está muy lejos de ser lo que potencialmente podríamos tener, pues se ha impuesto sobre todo el enfoque fundamentalista que ha caracterizado a la forma neoliberal de la globalización, cuyas políticas y programas están dictados por el afán de centralizarlo todo en unos pocos que detentan los grandes poderes económicos.

Aunque el pensamiento marxista contemporáneo aún no ha resuelto el problema de una interpretación del fenómeno de la globalización como continuidad del desarrollo y evolución del capitalismo actual, es claro y evidente que existe ya, en muchos lugares, y no sólo desde la izquierda, la intención de «volver a Marx», en tanto la categoría de globalización no constituye una nueva organización económica, social, ni política, sino una nueva forma de designar un proceso histórico que fue científicamente explicado por el marxismo desde el siglo pasado.

Sin embargo, los ideólogos y apologistas de la globalización neoliberal pretenden, sobre todo, presentarla como una ruptura radical con la historia precedente del capitalismo, en su afán por sustituir los conceptos de capitalismo, imperialismo y otros bien conocidos, que expresan formas de dominación internacional en la etapa actual.

A ello se une también la tendencia a enfocar la globalización como un fenómeno solamente técnico-económico, dado fundamentalmente por el peso y la influencia del mercado mundial que, amparado en los avances tecnológicos, entrelazó todos los procesos económicos, comerciales y financieros. Pero la globalización actual, en su esencia profundamente neoliberal, es un fenómeno multilateral y abarcador, con repercusiones no sólo en la esfera económica, sino en la política, ideológica, cultural.

Muchas veces, en las interpretaciones teóricas y en las concepciones políticas se omite la nefasta realidad del vínculo objetivo existente entre la globalización y el neoliberalismo. El neoliberalismo constituye el sustento ideopolítico de esta globalización, influyendo fuertemente en los procesos subjetivos de la sociedad neoliberal globalizada.

Sería imposible explicar cómo irrumpió el neoliberalismo en América Latina a fines de la década del setenta, cómo arrasó con las llamadas experiencias desarrollistas de la región y cómo se convirtió en ideología hegemónica, sin que revelemos su vínculo con la gran crisis de la deuda que se produjo a inicios de los años ochenta y sirvió de sustrato a la práctica neoliberal más pura, con la promesa de acabar con la crisis y promover el desarrollo de la región.

Los problemas de la deuda externa en América Latina y el Caribe, sin embargo, no fueron resueltos. Sólo por el concepto del servicio de su deuda externa, la región de América Latina y el Caribe pagó entre 1982 y 1996 la cantidad de 789 000 millones de dólares, es decir, una cifra superior a la deuda total acumulada, que se calcula que sea en 1999 de unos 706 000 millones de dólares.2

Lo más grave de todo es que para pagar el servicio de la deuda, los gobiernos destinan un altísimo porcentaje del presupuesto del Estado, afectando principalmente los programas sociales e incurriendo así en la enorme deuda social, que excluye del desarrollo económico y social a cuatro quintos de la población. Según estudios recientes divulgados en enero de este año, los Estados gastan hoy 60 % menos por habitante que en 1970.3

En América Latina y el Caribe el fenómeno de la deuda externa y sus graves consecuencias sociales están hoy más vigentes que nunca, y se visibiliza una nueva efervescencia que retorna lo mejor del movimiento social surgido a mediados de la década del ochenta cuando, encabezado por Cuba y su líder Fidel Castro, emergió toda una campaña continental para articular posiciones de «No pago a la deuda».

El fundamento de este movimiento que reemerge, se encuentra precisamente en la situación que enfrenta nuestra región, caracterizada por una elevada dependencia y vulnerabilidad externa, así como por ser la de más desigual distribución del ingreso, ya que el neoliberalismo no permitió alcanzar el crecimiento con equidad, postulado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

Según declaraciones de la propia CEPAL, para recuperar las posiciones que tenía al estallar la crisis, la región debía crecer no menos de 6 % anual; pero el crecimiento de la década alcanza escasamente la mitad y se pronostica que en 1999 no sobrepase 1 %.

América Latina ostenta hoy suficientes indicadores deteriorados para explicar el fracaso económico y social de la globalización neoliberal, con sus implacables y excluyentes medidas de ajuste estructural.

La propia fuente informa que en 1980 el número de pobres en la región era de unos 136 millones; que en 1990, después de la crisis de la deuda, la cifra alcanzó 198 millones, y en 1994 era 210 millones. De modo que el ajuste estructural creó en sólo catorce años, 74 millones de pobres.

Mientras, los indigentes, que eran 62 millones en 1980, ya sumaban 98 millones en 1994, lo que significa que uno de cada cinco latinoamericanos clasifica en esta categoría.4

Hoy 10 % de la población de nuestra región se reparte 60 % del ingreso, mientras que el 20 % más pobre no recibe más que 4 %.5

Las consecuencias económicas y sociales negativas del neoliberalismo no son sólo ostensibles en América Latina. La ineficacia social de esta doctrina también se ha globalizado. Según datos conservadores del Banco Mundial, a principios de 1998 más de 1 500 millones de seres humanos en todo el planeta vivían ya en condiciones de pobreza. Cálculos realistas, que parten de un enfoque más integrado de las carencias y exclusión de la población mundial, permiten asegurar que esta cifra alcanza hoy a más de la mitad de los habitantes de la tierra.

El Índice de Desarrollo Humano, elaborado y publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en 1998, revela muchos indicadores de interés que ilustran de alguna manera el creciente fenómeno de la exclusión social tanto en los países desarrollados como en los del llamado Tercer Mundo.

Según esta fuente, en los países en desarrollo más de tres quintos de la población no tiene sanidad básica, un quinto no tiene acceso a servicios modernos en esta área y dos mil millones padecen de anemia; en sus territorios viven 90 % de los infectados con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH).6

Un tercio no tiene agua potable, dos mil millones viven sin servicios de electricidad ni agua, y entre 30 % y 60 % viven en asentamientos ilícitos.7 Más de 850 millones de sus habitantes son analfabetos.8

Las consecuencias negativas de los ajustes estructurales no son privativas de los países del Tercer Mundo. También en los países de economía desarrollada se deja sentir la gravedad de sus efectos. Entre 7 % y 17 % de su población es pobre.  Por ejemplo, en los Estados Unidos, que puede encontrarse entre los de mayor nivel de consumo de alimentos per cápita en el mundo, 30 millones de sus habitantes —incluidos 13 millones de niños menores de doce años— tienen hambre por no obtener los alimentos que necesitan.

La anemia por insuficiencia de hierro afecta a 55 millones de los habitantes de los países industrializados y 200 millones de personas no sobreviven los sesenta años.

Unos 37 millones de personas no tienen empleo y 100 millones no tienen donde vivir.9

A pesar de las tasas de escolarización alcanzadas —entre 85 % y 100 %—, nuevas encuestas realizadas indican que alrededor de 18 % de los adultos en doce países de Europa y América del Norte, aunque alfabetizados, tienen un nivel tan bajo de aptitud que no pueden satisfacer los requisitos básicos de lectura de la sociedad moderna, y otro 29 % no la tiene para recibir capacitación en empleos calificados.10

Todo esto ocurre en un mundo donde hay 225 personas catalogadas de ultrarricos que acumulan una riqueza combinada igual al ingreso del 47 % más pobre del mundo, y donde los tres más ricos tienen una riqueza que supera el Producto Nacional de los cuarenta y ocho países menos desarrollados.

En un orden económico internacional globalizado, en que los países ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, con una distribución del ingreso cada vez más desigual al interior de los países, la exclusión es sin dudas un rasgo distintivo de la contemporaneidad y se hace mucho más descarnada y visible en la mujer.

A pesar del continuado avance científico-técnico y de las inagotables posibilidades de desarrollo que el mismo podría acarrear, las mujeres continúan siendo las principales víctimas de las políticas de ajuste estructural y las que viven en condiciones de vida más precarias. Son las más pobres entre los pobres. Veamos sólo algunos de los argumentos que lo explican:11

• La presencia femenina en la población económica activa sólo ha aumentado cuatro puntos en los últimos veinte años. Se estima que el desempleo femenino está entre 10 % y 40 % superior al de los hombres.
• Las mujeres han sido las más perjudicadas en la precarización del empleo. Por su más bajo nivel cultural, por ser subestimadas en sus capacidades organizativas, a ellas corresponden los empleos más precarios, sin seguridad
social, con prohibiciones de organización sindical. Ellas son la mayoría de las empleadas en las maquilas y en general en las zonas francas que han proliferado con el neoliberalismo.
• Las mujeres trabajan más horas que los hombres. A ellas corresponde 53 % de la carga total de trabajo en los países en desarrollo y 51 % en los industrializados.
• La participación femenina de los ingresos provenientes del trabajo es desproporcionadamente inferior a la de los hombres. En América Latina y el Caribe constituyen sólo 7 % y 11 %.
• Mucho más grave resulta la situación de las campesinas. En los últimos veinte años la cantidad de ellas que vive en la pobreza creció casi en 50 %. En América Latina, 26 % de las familias rurales tienen una mujer como jefa de hogar, mientras que en el Caribe, específicamente, la cifra alcanza más de 40 %.
• Es en la educación en la que más clara y crudamente se manifiesta la desigualdad entre los géneros. De los 960 millones de analfabetos adultos que había en el mundo a inicios de esta década, dos terceras partes eran mujeres.
• Se calculaba, además, que 81 millones de niñas frente a 49 millones de niños no tenían acceso a la educación primaria.
• A esto se añade la ampliación de la dimensión del analfabetismo que la propia globalización y su acelerado desarrollo científico-técnico imponen, analfabetismo tecnológico que es mucho más discriminatorio que el literario.
• Se constata un deterioro ostensible de la salud física y mental de las mujeres y las niñas, por la precaria alimentación agravada por el crecimiento de sus deficiencias de nutrientes básicos, por sus condiciones de vida y menor acceso a los programas y servicios de salud.
• Cada año mueren cerca de medio millón de mujeres por causas vinculadas al embarazo, al parto y al aborto, en su mayoría relacionadas con infecciones evitables con la vacuna antitetánica. Cuba ha ofrecido esta vacuna a precio mucho más bajo, con similar calidad. Sin embargo, la presión ejercida por las transnacionales que controlan su comercialización, ha impedido que lleguen sus beneficios a millones de mujeres y niños. El embarazo en la adolescencia forma parte del círculo vicioso de la pobreza. Cada año, la quinta parte de los partos que se producen
en el mundo, son en menores de veinte años.
• De las 16 000 personas que se contagian diariamente con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), 40 % son mujeres.
• El aumento indiscriminado del consumismo ha incrementado los desechos que afectan el medio ambiente y reducen las disponibilidades de agua para el trabajo doméstico, el aseo personal y del hogar, con las consecuencias que ello acarrea para la mujer.
• Todos los días millones de mujeres cocinan con leña y con boñiga, sometidas al daño del humo que desprenden, considerado más dañino que el del tabaco.
• Se deteriora la calidad de la vida cotidiana de las mujeres y sus familias, se afectan las relaciones intrafamiliares, se incrementa la violencia en todas sus formas (económica, política, física, psicológica) y en todos los ámbitos, desde el estatal hasta el doméstico.

Por otra parte, las inequidades genéricas en los ámbitos social, familiar y en el poder político siguen constituyendo factores cruciales en la feminización de la pobreza que sólo podrán ser eliminadas si la sociedad en su conjunto toma conciencia de este fenómeno y actúa en consecuencia; si se atacan las causas reales de la pobreza; si se adoptan políticas sociales basadas en la justicia; si se propician programas y acciones que aseguren a las mujeres empleos productivos; si se promueve el desarrollo y la dignidad de los seres humanos y se rescata el papel del Estado y la voluntad política de los gobernantes se hace realidad como institución rectora en la formulación e implementación de estrategias y políticas que garanticen el progreso social y, especialmente, la promoción de la mujer.

Somos conscientes de que los graves efectos de la globalización neoliberal conducen y conducirán inevitablemente a crisis que, por el carácter cada vez más globalizado de la economía mundial, serán también cada vez más universales.

Carlos Marx, en su obra El capital, expone las regularidades del sistema capitalista y el carácter  de sus crisis. Nunca antes se ha hecho tan clara la vigencia de su teoría, que no parece traída de otra época, ni de otro momento del desarrollo del capitalismo, sino derivada del momento histórico concreto que vivimos. «La razón última de todas
las crisis verdaderas», decía Marx, «es siempre la pobreza y la limitación del consumo de masas, frente a la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas cual si sólo tuviesen como límites la capacidad de consumo absoluto de la sociedad.».12

El estallido de una nueva crisis está en el orden del día de la actualidad mundial. Su detonante será la insostenible pobreza y la creciente exclusión desatada y acelerada por la globalización
neoliberal.

No sobrevivirán las mujeres, los niños y niñas, no sobrevivirán los pueblos en un mundo que, por designio neoliberal, excluye a la mayor parte de la humanidad, en forma sostenida y creciente, de los más elementales derechos. Urgente
es que diseñemos y concertemos estrategias globales de resistencia, de lucha.

El compañero Fidel y, promovidas y alentadas por él, otras instituciones y organizaciones cubanas, han estado haciendo una modesta pero importante contribución al proceso de esclarecer, argumentar la esencia, contenidos y manifestaciones de la globalización y sus consecuencias.

También sobresale el esfuerzo del líder cubano en hacer propuestas que permitan enfrentar los desafíos y las consecuencias de la globalización, en una lucha que debe incluir a todos los hombres y mujeres, a todas las inteligencias, todos los valores, todos lo que por sus conceptos éticos no puedan permitir que continúe avanzando.

«Pienso», decía Fidel recientemente, «que la globalización es un proceso irreversible, y que el problema no está en la globalización, sino en el tipo de globalización; es por lo que me parece que en este difícil y duro camino, para el cual no disponen los pueblos, realmente, de mucho tiempo, desde mi punto de vista, tendrían que producirse uniones, acuerdos, integraciones regionales.»13

Más adelante, en esa propia intervención, señalaba la necesidad de tener en cuenta la diversidad de las naciones, y cito: «No se puede tratar igual a todos los países, con muy distintos niveles de desarrollo. No se pueden ignorar las desigualdades. No se puede aplicar una receta para todos. No se puede imponer una sola vía.»14

Este principio es igualmente válido para solucionar los graves efectos que la globalización neoliberal tiene sobre las mujeres. Es imprescindible velar por que en cada uno de los programas económicos, en cada una de las acciones de la cooperación regional e iberoamericana —desde su diseño, puesta en práctica, seguimiento y evaluación—, se tengan en cuenta las necesidades, los derechos, especificidades y aspiraciones de las mujeres.

Señoras y señores, quiero concluir mi intervención, con las mismas palabras que utilicé en 1995, durante la IV Conferencia sobre la Mujer: Necesario es que la enorme acumulación de riquezas que existe en el mundo se aplique a resolver los grandes problemas de la Humanidad. Que el rico caudal de inteligencias, de voluntades, se una en la tarea urgente de lograr un mundo más justo donde la mujer y el hombre puedan trabajar, crear familia, ver crecer los hijos, sin las atroces amenazas que hoy ponen en peligro todo lo logrado en los milenios marcados por la huella creadora del ser humano, para el bienestar de todos en un planeta infinitamente promisorio.

Notas
1 Ver Osvaldo Martínez: «Conferencia magistral sobre globalización y neoliberalismo». Economía ‘98, La Habana, julio, 1998.
2 Declaración de Tegucigalpa, Conferencia Latinoamericana Jubileo 2000, Honduras, 24-26 de enero, 1999. Datos actualizados (D.A.): En América Latina la deuda externa en 2006 fue de 632 849 miles de millones (CEPAL, 2006); pagos acumulados del servicio de la deuda en el periodo 1986-2006: 2,4 millones de millones de dólares.
3Ver Óscar Ugarteche: «Conferencia magistral sobre problemas estructurales de la deuda externa», Honduras, 24 de enero, 1999.
4 CEPAL: Balance preliminar de la economía 1998. D.A.: Pese a que se redujo la pobreza extrema entre 1990 y 2005, en la región aún se encuentran 81 millones de personas en esta situación, según las últimas cifras disponibles por la CEPAL (2006).
5 CEPAL: La brecha de la equidad, Santiago de Chile, 1997. D.A.: Datos de la CEPAL confirman que es la región más desigual del mundo, el 20 % más pobre recibe menos del 10 % de los ingresos totales, mientras que el 20 % más rico, aproximadamente entre 50 % y 60 %.
6 PNUD: Índice de desarrollo humano, 1998. D.A.: De los 40 millones de personas infectadas con el VIH en el mundo en 2001, en los países subdesarrollados vivía 95 %. Ver OMS: Informe sobre la salud en el mundo, 2005.
7 D.A.: De las personas que habitan en los países subdesarrollados, 1 100 millones no tienen acceso a agua corriente limpia, y 2 600 millones carecen de saneamiento básico. La escasez de agua afecta a todos los continentes y a más de 40 % de la población de nuestro planeta. Ver Situación social del Tercer Mundo, editado por el Centro de Estudios de la Economía Mundial.
8 D.A.: Actualmente 876 millones de adultos son analfabetos, de ellos 573 millones son mujeres. Ver ob. cit. en nota 7.
9 El número total de desempleados se situó en 191,8 millones de personas a finales de 2005, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en sus Tendencias mundiales del empleo 2004 y Tendencias del empleo juvenil 2006.
10 Ibíd.
11 Globalización y feminización de la pobreza. Documentos del XII Congreso de la Federación Democrática Internacional de Mujeres, París, noviembre, 1998.
12 Carlos Marx: El capital, Editora Política, La Habana, 1978, t. III, p. 481.
13 Fidel Castro: «Una Revolución sólo puede ser hija de la cultura y las ideas», discurso en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, 13 de febrero, 1999, p. 63.
14 Ibíd., p. 64.