LA SEXUALIDAD COMO DETERMINANTE SOCIAL DE LA SALUD Y SU CONSIDERACIÓN EN LAS POLÍTICAS PÚBLICAS

Dra.C. Leticia Artiles Visbal
Año 14, No. 37, Agosto de 2008

Asociación Latinoamericana de Medicina Social (ALAMES)
leticia@infomed.sld.cu

LOS DETERMINANTES SOCIALES DE LA SALUD SON FACTORES SOCIALES QUE DETERMINAN UNA DIFERENTE ESTRATIFICACIÓN SOCIAL EN LOS GRUPOS SOCIALES Y, POR ENDE, DIFERENTE POSICIÓN SOCIAL RESPECTO AL ACCESO Y CONTROL DE LOS RECURSOS. EL MODELO DE DETERMINANTES SOCIALES DE LA SALUD DE LA ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD (OMS) TOMA EN CUENTA INDICADORES TRADICIONALES (INGRESO Y EDUCACIÓN), INNOVADORES (GÉNERO, SEXUALIDAD Y ETNIA) E INTERMEDIARIOS (CONDICIONES DE VIDA, DISPONIBILIDAD DE ALIMENTOS,...). A PESAR DE LAS INCONGRUENCIAS DEL MODELO DE LA OMS, ÉSTE PUEDE SER UN MOTIVO IMPULSOR PARA DESHACER EL NEFASTO EFECTO DE LOS PROCESOS NEOLIBERALES QUE HAN CONVERTIDO LA SALUD EN UNA MERCANCÍA.

INTRODUCCIÓN: DETERMINANTES SOCIALES Y SEXUALIDAD

El tema de la determinación social de la salud es histórico. Los primeros planteamientos de Sigerist (1943) dejaban sentado que la incidencia de la enfermedad estaba determinada mayormente por factores económicos: «baja calidad de vida, inadecuada alimentación, falta de ropa, malas condiciones de vivienda, y otros síntomas de pobreza». En la historia de la salud pública, relevantes personalidades han demostrado que los ejes reales de la salud de la sociedad y de las personas, dependen más de las condiciones sociales de vida que de sus desórdenes biológicos (Virchow, 1984; Torre Montejo y otros, 2005; Berlinguer, 2007).

La creación de la Comisión de Determinantes Sociales, en el seno de la Organización Mundial de la Salud (OMS) (World Health Organization, 2005), marca el retorno de la OMS a su liderazgo en el campo de las políticas públicas de salud después de la infructuosa década del noventa, liderada por las reformas neoliberales del Banco Mundial (World Bank, 1993) que se caracterizaron por transformar la salud de derecho humano en mercancía. Esta posición
de la OMS como organismo global de políticas de salud, establece mandatos vinculantes para el dictamen de políticas públicas y acciones de salud por los gobiernos; por tanto, constituye una oportunidad para asumir y desarrollar propuestas de salud colectiva más integradoras.

Los determinantes sociales de la salud (DSS) agrupan un conjunto de factores que estratifican socialmente a los grupos humanos. A estos factores la OMS los ha denominado «determinantes estructurantes», los que condicionan la cohesión/exclusión social. Esta estratificación se sustenta, a juicio de la autora, en la diferente posición de los grupos humanos respecto al acceso y control de los recursos—sobre todo el control—, que ubican a las personas en estratos según la cadena producción-distribuciónconsumo,1 y que, dada la naturaleza social de la salud, tienen un efecto directo sobre la misma. Los más desfavorecidos y segregados por razón de clase, territorio, color de la piel, etnia, sexo y género serán los más vulnerables. En el Modelo de la OMS se incluyen como base de la diferenciación social dos indicadores tradicionales para las clasificaciones de los grupos poblacionales (el ingreso y la educación) y se explicitan como nuevos y verdaderamente innovadores tres indicadores (género, sexualidad y etnia) que hasta ahora no habían sido considerados como tales y en algunos casos eran solamente esgrimidos como variables o indicadores para informes, estudios y otros documentos de la salud pública.

El Modelo de la OMS también establece los denominados «determinantes intermediarios» para designar aquellos factores que establecen una exposición específica y una vulnerabilidad diferencial respecto a la salud de las personas. Esta consideración elimina la tradicional articulación causa-efecto de la epidemiología clásica, y utiliza la base teórica de la epidemiología crítica que considera la mediación de diversos factores entre la causa y el efecto en el proceso salud-enfermedad (Breihl y otros, 1992). Entre los determinantes intermediarios se consideran las condiciones de vida y de trabajo, la disponibilidad de alimentos, las conductas poblacionales y las barreras de las personas para la adopción de estilos de vida saludables. Resulta interesante que el Modelo de la OMS incluya los sistemas de salud en esta categoría, al considerar que la capacidad de acceso y control sobre los servicios de salud establece una brecha que se traduce en diferencias en la exposición y vulnerabilidad de las poblaciones no sólo a nivel de la asistencia médica, sino también de la información, la promoción de salud y todos los procesos esenciales de la salud, cuestión a tener en cuenta en la formulación de programas y políticas públicas.

La propuesta de la OMS no resulta novedosa, pues la idea de los DSS ya había sido enunciada por representantes de la medicina social en América Latina desde la década del setenta, pero resulta indiscutible que constituye una oportunidad para desarrollar acciones que permitan disminuir el nefasto efecto de los procesos neoliberales en el ámbito de la salud. En este sentido es necesario aprovechar más los encuentros que las diferencias para impulsar la lucha por la equidad en salud.

En el Modelo de la OMS resulta relevante el hecho de que la sexualidad se considere un determinante estructurante que opera como mecanismo de cohesión/exclusión social, lo que reconoce explícitamente que la misma determina diferencias con respecto al tipo de riesgos para la salud. Por ejemplo, la salud sexual de las mujeres soporta un modelo patriarcal y prevalentemente masculino en la actividad sexual, además de la carga biológica del embarazo, el parto y el amamantamiento; la mayor parte de la carga de la anticoncepción; la mayor vulnerabilidad a las infecciones del aparato reproductivo y a las infecciones de transmisión sexual; y las complicaciones por estas causas, de mayor gravedad y peores consecuencias para la salud y la vida.

Otro elemento invisibilizado en las políticas de salud es el tema de la orientación sexual como comportamiento social a tener en cuenta en los procesos de salud (por ejemplo, el insuficiente conocimiento de la salud de las lesbianas, sus
necesidades específicas: cáncer de cuello uterino y de mama), dado por la inadecuada formación de recursos humanos y de cobertura en los servicios de salud, estructurados sobre un modelo androcéntrico y homofóbico. Colocar el foco de atención en este sentido permitirá hacer propuestas explícitas en las políticas públicas y hacer más equitativas las acciones de salud, como corresponde a un bien público y derecho ciudadano.

Es indiscutible que hasta ahora la sexualidad como factor de determinación de la salud, generadora de riesgos diferenciales según el sexo, las inequidades y vulnerabilidades de género y la orientación sexual en la vida cotidiana y en los servicios de salud, ha estado ausente en la academia como eje en la formación de los recursos humanos de la salud y consecuentemente en el pensamiento y la práctica de epidemiólogos/as, médicos/as y otros/as profesionales de la salud.

Esta “invisibilidad” ha influido en que se mantenga una distribución desigual de poder en la atención de los servicios de salud con los consecuentes riesgos para la vida y la salud. Aun cuando existen acciones formalmente explicitadas en algunos documentos normativos, este hecho queda rezagado, por no decir ausente, en la conciencia, actitudes y prácticas cotidianas de los actores de los sistemas de salud.

El criterio de considerar la sexualidad como determinante social de la inequidad en salud, incluye algunos aspectos que se deben destacar.

En primer lugar, la sexualidad es entendida desde un paradigma cultural homogéneo, basado en un modelo etnocéntrico: occidental, blanco, masculino y heterosexual. Estas categorías son dominantes y excluyen cualquier otro enfoque, por lo cual sociológicamente se encuentran vinculadas a la segregación de quien no responda a la norma prevalente.

En segundo lugar, no existen suficientes recursos humanos de la salud con formación médico-social capaces de articular respuestas ante los problemas de salud sexual en el contexto actual: epidemia de VIH, infecciones de transmisión sexual prevenibles, muertes maternas por baja calidad de los servicios o ausencia de programas de salud
reproductiva.

En tercer lugar, no hay suficiente visión de la sexualidad como proceso antropológico biocultural.3 Esto se traduce en que no se considera a la persona como una integración de su biografía biológica y social, construida a partir de sus capitales social, simbólico y económico, sobre los cuales se estructura su personalidad, sus intereses, sus formas de vivir, su imaginario y su cosmovisión. Los prestadores de salud, también portadores de una biografía biológica y social, poseen un insuficiente desarrollo epistemológico respecto a la sexualidad, lo que se expresa en sus creencias, actitudes y prácticas en lo concerniente al ejercicio de los derechos sexuales por los/las usuarios(as) de los servicios de salud.

En cuarto lugar, se desconoce el entorno de la persona como centro de la relación organismo-ambiente. La persona se desarrolla en un espacio geográfico, compuesto por el área urbana/rural, montaña/llano, y el territorio, como espacio institucional: sistema educacional, jurídico, político y de los sistemas de salud (Íñiguez Rojas, s.a.).

En el Modelo de la OMS, los sistemas de salud se consideran como un «determinante mediador», porque genera una exposición y vulnerabilidad diferencial. La exposición a riesgos de las personas según sexo, género y orientación sexual, está condicionada por un «control» sobre los recursos de segundo y tercer orden para quienes no responden a los modelos paradigmáticos reconocidos como «norma»; por ejemplo, la invisibilidad de la orientación sexual en la identificación de los problemas de la salud, en la normativa vigente y en la formación académica de los recursos humanos de la salud. La no correspondencia con los modelos hegemónicos tradicionales generan:
a) En el ámbito de la salud:
• mayores riesgos para la salud sexual (sexo comercial, adicciones, relaciones sexuales no seguras);
• insuficiente desarrollo de la capacidad de resiliencia;
• daños en la salud mental;
• no reconocimiento por los sistemas de salud de las diferentes expresiones de la sexualidad (travestismo, transexualidad, transgénero y otras);
• insuficientes avances en las políticas públicas en salud para dar respuesta a la diversidad sexual y al reconocimiento a los derechos sexuales y reproductivos de las personas.
b) En el ámbito social:
• insuficiente desarrollo de los marcos legales para el logro del ejercicio de los derechos sexuales o de la formulación de derecho e ignorancia de hecho en la vida cotidiana para y por los grupos poblacionales de mujeres y de los que se reconocen hoy como «diversidad sexual».
• insuficiente desarrollo de los procesos legales para el reconocimiento y acceso al mercado de trabajo, y para el reconocimiento social de las capacidades intelectuales y productivas de aquellos que no responden al modelo sexual
hegemónico, lo que influye en la condición, posición y toma de poder en el territorio institucional de estos grupos poblacionales.

Estas condiciones sociales generan inequidades sociales y en salud, estas últimas por no estar identificadas como problemas de salud ni como prioridades de los sistemas de salud. Considerar la sexualidad como un DSS, permite colocar el tema en las agendas públicas y luchar por convertir el discurso en herramientas prácticas para proponer acciones y estrategias concretas, de manera que devenga adargas no contra molinos de viento imaginarios, como los del Ingenioso Hidalgo, sino estrategias innovadoras para el reconocimiento de la «otredad» en el ámbito de la salud sexual. En esta dirección, la Comisión de Determinantes Sociales de la Salud ha desarrollado un importante ejercicio que tiene como contraparte a la sociedad civil, de la cual la Asociación Latinoamericana de Medicina Social (ALAMES) es una de sus más activas integrantes; como tal se ha desarrollado una serie de acciones en las que la ALAMES ha jugado un papel fundamental, aunque indiscutiblemente el tema de la sexualidad aún permanece huérfano. En este sentido resulta perentorio combinar el análisis de la sexualidad con las categorías: clase social, territorio, etnia y género.

EL TEMA DE LA SEXUALIDAD COMO RETO A LAS POLÍTICAS PÚBLICAS

El eje metodológico para dar salida a estas realidades puede estar constituido, entre otros, por un mayor desarrollo teórico y práctico por parte de los profesionales de la salud como ya ha sido planteado.

Basándonos en el enfoque teórico de la sociología de las ausencias y de las emergencias4 (Boaventura de Sousa, 2005) y en el marco antropológico de los DSS (Artiles Visbal, 2007), se propone integrar en los procesos de salud una visión holística de la sexualidad, para lo cual se recomienda:
• reconocer que existe una «heterogeneidad» en la «totalidad»;
• la diversidad, como expresión de la heterogeneidad, se ha estructurado tradicionalmente en relaciones dicotómicas de ejercicio de poder (hombre/mujer; norte/sur; occidente/oriente; heterosexual/homosexual); se requiere del desarrollo de fundamentos teóricos y herramientas metodológicas contraculturales para el manejo adecuado y pertinente de lo que se considera como trasgresión de los modelos hegemónicos de sexualidad;
• profundizar en los procesos ideológicos en el espacio geográfico institucional en general, y en las instituciones de salud en particular, para promover la inclusión de la sexualidad explícitamente en las políticas de salud;
• promover cambios culturales y sociales que se expresen en el sistema de derechos, el reconocimiento de los derechos sexuales y sus reivindicaciones, eliminando conscientemente las concepciones absolutistas del modelo universalista, etnocéntrico, masculino, heterosexual, blanco, occidental;
• desarrollar un proceso de formación de profesionales de la salud en el reconocimiento de la diversidad como un derecho humano que permita el tránsito de la monocultura del saber, expresada en el modelo médico hegemónico
tradicional, a un modelo plural, diverso, multicultural, sustentado en los principios de la medicina social;
• promover la acción de los movimientos sociales a favor de la lucha por los derechos a la salud y el ejercicio de los derechos sexuales de las poblaciones de gays, lesbianas y transexuales;
• desarrollar un diálogo que permita transformar las expectativas sociales en realidades
expresadas en políticas públicas de hecho y de derecho que contribuyan a desestigmatizar la diversidad sexual, la discriminación en el mercado de trabajo, en el acceso a la educación y a la salud, en el derecho a elegir pareja, a crear una familia, a la herencia, a la atención en salud personalizada, con un respeto integral a los derechos de todos/todas a una vida saludable. En resumen, lograr la «traducción» de estas realidades en códigos de comunicación, símbolos, y cosmovisión en las comunidades hegemónicas prevalentes en los sistemas de salud y en la sociedad en general; allanar el camino para promover un cambio ideológico que contribuya al disfrute pleno de los derechos sexuales, a la emergencia del discurso inclusivo en los escenarios de decisión política y académica, y al reconocimiento del derecho a una sexualidad plena en todos sus órdenes para el logro de ese mundo mejor, que sabemos que sí es posible.

NOTAS
1 Karl Marx y Max Weber son los autores clásicos que han realizado las aportaciones más importantes en la conceptualización de la clase social y la estratificación. Para Marx, las relaciones de clase se incluyen en las relaciones de producción y en la desigual propiedad de los medios de producción. Para Weber, las relaciones de clase reflejan las diferentes oportunidades respecto al mercado y al consumo. Así, junto a la propiedad de los medios de producción, se asocian aspectos como el prestigio social relacionado con el estatus profesional (Benach y
Amable, 2004).
2 Refiriéndose a la propuesta de la Comisión de Determinantes Sociales de la OMS (CDSS), J. Breihl señaló que los representantes de la medicina social en América Latina ya habían enunciado la idea de los determinantes sociales de la salud desde la década del setenta, y que, a partir de la propuesta de la Comisión de la OMS en 2005, la cual recogió a su manera esas ideas, decidieron aprovechar esa dinámica para activar esa línea que antes no se había comprendido ni reconocido explícitamente. Los teóricos de la medicina social consideraron que el marco conceptual, metodológico y político de la CDSS de la OMS es distinto a sus planteamientos, pero existen puntos de
encuentro para trabajar también con el sector oficial en un esfuerzo conjunto. (e-mail a Coordinación General de ALAMES, 11 abril 2008).
3 Proceso antropológico biocultural que refiere las asignaciones sociales en función de las características biológicas.
4 La sociología de las ausencias y de las emergencias es la propuesta teórica, de enfoque sociológico y filosófico, que hace el autor Boaventura de Sousa Santos, con el fin de hacer inclusivas las categorías que están restringidas en los enfoques de análisis social actual (etnocentrismo, monoculturalismo, clasificación social y otras); en contraposición propone un enfoque integrador, no excluyente, que desmitifica las relaciones jerárquicas de poder sustentadas en los modelos hegemónicos dominantes. No pretende acabar con las categorías, pero plantea que dejen de responder a un criterio único, dominante y excluyente, que no admite ser cuestionado por cualquier otro criterio alternativo y que refuerzan las inequidades estructuradas sobre relaciones de poder por el no reconocimiento a lo alterno.

ARTILES VISBAL, L. (2007). «Pobreza y género». Rev Cub Salud Pública, La Habana, vol. 33, no. 4.
BENACH, J. y M. AMABLE (2004). «Las clases sociales y la pobreza. Parte I. La salud y el sistema sanitario desde la perspectiva de género y clase social». Gac Sanit, Barcelona, vol. 18, supl. 1.
BERLINGUER, G. (2007). «Determinantes sociales de las enfermedades ». Rev Cub Salud Pública, La Habana, vol. 33 no.1, ene.-mar.
BOAVENTURA DE SOUSA, SANTOS (2005). El milenio huérfano. Ensayos para una nueva cultura política. Editorial Trotta/ILSA.
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ÍÑIGUEZ ROJAS, L. (s.a.). «Geografía y salud en Cuba: tendencias y prioridades». Centro de Estudios y Salud de Bienestar HumaUniversidaddeLaHabana.Disponibleen: http://www.uh.cu/centros/cesbh/Archivos/bvirtual/Luisa6.pdf
(consultado: 16 de abril de 2008).
SIGERIST, H. E. (1943) Civilization and disease. The University of Chicago Press, Chicago.
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World Health Organization (WHO) Commission on Social Determinants of Health (2005). Discussion paper for the Commission on Social Determinants of Health. Draft. 5 May 2005.
World Bank (1993). World Development Report: Investing in Health. New York: Oxford University Press, New York.