EL CUERPO: APROXIMACIÓN
TEÓRICA PARA
M.Sc. Loraine Ledón
Llanes
Instituto Nacional de
Endocrinología
EL TEMA DEL CUERPO ES DE
GRAN SIGNIFICACIÓN PARA COMPRENDER PROCESOS RELACIONADOS CON
PALABRAS CLAVES: CUERPO, SIGNIFICADOS, GÉNERO, IMAGEN CORPORAL,
SALUD, ESTIGMA, SEXUALIDAD
THE BODY: THEORETICAL APPROXIMATION FROM THE FIELD OF HEALTH
THE BODY IS OF GREAT SIGNIFICANCE TO UNDERSTAND HEALTH-RELATED
PROCESSES. IT IS A HISTORICAL AND SOCIOCULTURAL
CATEGORY INTENSELY RELATED WITH OTHERS OF SIMILAR NATURE SUCH AS
IDENTITY, GENDER AND SEXUALITY. THE ARTICLE ADDRESSES BASIC ASPECTS REQUIRED TO
COMPREHEND THE NOTION «BODY», SPECIFICALLY FROM THE PERSPECTIVE OF WESTERN
CULTURE. IT CONSIDERS ITS HISTORICAL
EVOLUTION UNTIL CONTEMPORARY TIMES, INCLUDING THE ROLE OF BODY IMAGE AS A
CATEGORY, THE EXPRESSION OF SOME OF ITS
MEANINGS IN HEALTH AND LIFE EXPERIENCES, SUCH AS AGING, DISABILITIES AND
CHRONIC DISEASES, AND THEIR PROTAGONIST ROLE WITHIN THE FIELD OF SEXUALITY, IN
CLOSE LINKAGE TO GENDER CONSTRUCTIONS. THE PAPER CULMINATES SHARING SOME
REFLECTIONS AND RECOMMENDATIONS GEARED TO WORK WITH SUCH A CATEGORY WITHIN THE
HEALTH ENVIRONMENT.
KEYS WORDS: BODY, MEANINGS, GENDER, BODY IMAGE, HEALTH, STIGMA, SEXUALITY.
INTRODUCCIÓN
El interés en el tema
del “cuerpo” como noción o construcción sociocultural pareciera haber nacido en
los últimos años, y recién haber ocupado un lugar relevante para ciertos campos
del saber psicosocial interesados en comprender procesos relacionados con la
salud, la educación, la sexualidad o la reproducción, por sólo mencionar
algunos.
Durante mucho tiempo
subestimado probablemente por considerarse de carácter natural, material y/o como
fundamento para la vida humana, la reflexión necesaria sobre el cuerpo como representación y/o como
potenciador de sistemas de representaciones interrelacionadas con concepciones
existenciales de individuos, grupos y culturas en general, ha resultado
tradicionalmente obviada en diferentes campos de la ciencia y el pensamiento,
en especial aquellos centrados en una visión positivista —por tanto, objetiva y mensurable—del mundo y sus
fenómenos.
No obstante, es justo
mencionar que otras ciencias (mayormente psicosociales) han asumido un papel
activo en el reconocimiento del importante papel que juega el cuerpo y los
múltiples significados construidos a su propósito, en los diferentes procesos
que incluyen a hombres y mujeres. Ciencias como la antropología (social y
cultural), la filosofía, la sociología, la neurofisiología y la psicología—en
especial el importante legado de corrientes que alimentaron el campo de la
psicología clínica (como el psicoanálisis)—, llamaron la atención desde finales
del siglo XIX sobre las potencialidades semánticas del cuerpo, su presencia en
toda expresión humana y las posibilidades que brinda para comprender e
intervenir sobre procesos individuales, grupales y comunitarios.
Por su parte,
importantes corrientes o movimientos sociales como el movimiento feminista, la
conciencia de los daños causados sobre el ecosistema, el acelerado desarrollo
de la medicina y la tecnología, la revalorización de los métodos naturales y
alternativos, y el manejo del cuerpo como mercancía (Baz, 1996), potenciaron el
interés sobre éste y lo redimensionaron durante el último medio siglo.
Consideramos relevante
reflexionar sobre el cuerpo en espacios del saber y del conocimiento
comprometidos con la salud: sus construcciones atraviesan cada experiencia
humana, cada forma de interactuar con los/las otros/otras, y brindan un campo
especialmente amplio de intervención para mejorar el sentido de bienestar,
desde la perspectiva que la misma sea construida. Por tal razón, valorar las
potencialidades del cuerpo y considerarlo en nuestro diario quehacer resulta
insoslayable.
El presente trabajo se
centrará en abordar aquellos aspectos considerados básicos para comprender la
noción «cuerpo», en especial desde la cultura occidental: su devenir histórico
hasta la contemporaneidad, la expresión de algunos de sus significados en
procesos de salud y de vida, y su protagonismo en el campo de la sexualidad, en
estrecha integración con las construcciones de género. Para finalizar, comparte
algunas recomendaciones.
Esta aproximación no
pretende abordar la totalidad de los aspectos involucrados con el cuerpo, mucho
menos ser absoluta con aquellos aspectos incluidos. El propósito fundamental es
resaltar su relevancia en nuestros espacios de reflexión y acción profesional
cotidiana, incluirlo como elemento diana de nuestras acciones, movilizar la
reflexión y el cuestionamiento sobre sus significados, y hacernos más
conscientes de las inmensas posibilidades que brinda para repensar nuestra
existencia y nuestra labor.
HACIA UNA COMPRENSIÓN DE
LAS NOCIONES ACTUALES SOBRE EL CUERPO
·
Algunos
principios
Cuando reflexionamos
sobre la categoría «cuerpo» reconociéndola como construcción social y cultural,
el primer hecho al que nos enfrentamos es que constituye una noción problemática
y polisémica. Ello significa, en primer lugar, que goza de una peculiar
complejidad (aparentemente contradictoria con la simplicidad implícita en su
pretendido carácter «natural») que desafía los modos más tradicionales de
abordaje. Y en segundo lugar, ha sido y es portador de sistemas de significados
cuya diversidad está determinada por su carácter histórico, sociocultural e
individual, todo a la vez.
Al cuerpo se le concibe
como originado, conformado y atravesado por un entramado de discursos y representaciones
de obligada conexión con lo social, lo cultural, lo económico y lo político
(Ledón Llanes, 2001). Por tanto, podemos acceder al mismo en su riqueza
simbólica desde la integración de diferentes posicionamientos, lo cual obviamente exige también de la integración de
diferentes metodologías de abordaje. Es decir, no existe una única forma de
enfocar, definir y aprehender el cuerpo.
Cuerpo y cultura se
implican mutuamente (ibíd.). Se trata de un aspecto no menos importante sobre
el que diversos autores han insistido, en especial sobre la consideración del
cuerpo como construcción social y cultural que tiene asignada una posición
determinada dentro del simbolismo general de la sociedad. La experiencia humana
se construye desde una omnipresencia del cuerpo. Su figura y atributos tienen
para el ser humano una inmensa capacidad metafórica, lo cual se puede
evidenciar en el lenguaje y en el análisis del funcionamiento de algunas
sociedades. Este aspecto tiene dos vertientes fundamentales.
La primera, la manera en
que concebimos el cuerpo, constituye un reflejo de la visión que tenemos del
mundo en general, y específicamente de la sociedad en que vivimos, y viceversa.
Sobre esta consideración, encontramos paralelismos entre la concepción general
que tenemos del cuerpo humano y de la sociedad: ambos constituyen un sistema
que incluye múltiples funciones regidas por un centro de control, dirigido a
promover no sólo el sostenimiento sino también el crecimiento y desarrollo
desde un sentido de equilibrio. Algunos grupos y comunidades han utilizado el
conocimiento que tienen de éste como forma de acercarse y comprender el mundo
en que viven.
La segunda vertiente de
la relación cuerpo-sociedad está relacionada con el uso o intervención sobre el
primero, a partir de su concepción instrumental, para actuar sobre la segunda
como un todo. Podríamos utilizar innumerables ejemplos de sociedades y
comunidades tradicionales, específicamente en lo que a ritos y costumbres se
refiere, pero contamos con ejemplos más accesibles desde la cultura occidental,
como el control de la sexualidad a partir del desarrollo del capitalismo, tema
amplia y profundamente discutido por Michel Foucault (Foucault, 1977). Según
este autor, la visión contemporánea de sexualidad (que es también una
construcción histórica, social y cultural) constituye un legado de este momento
del desarrollo social en el cual adquirieron relevancia como nunca antes en la
historia la productividad y la industrialización, para lo cual se hacía
necesario el uso de personas consagradas a la producción. La insistencia
entonces en una visión moralista de la sexualidad, privada, íntima, limitada a
la pareja heterosexual que, por demás, garantizaría a través de la reproducción
nuevas fuerzas de trabajo, apareció como una vía ideal para el afianzamiento de
la incipiente sociedad capitalista a finales del siglo XIX. El matrimonio como
institución y modo de control sexual, se convertiría también en una vía de
control social y corporal. Otras formas de expresión sexual y modos de vida
(como la prostitución o la masturbación) serían fuertemente perseguidas tras un
velo moral, pero básicamente desde su consideración como «no productivas» (no
dirigidas hacia la reproducción) en un contexto en el que la productividad
económica se veía como fuente absoluta de desarrollo social (Laqueur, 1998).
El cuerpo entonces, como
diría Margarita Baz, expresa desde un sentido metafórico los vínculos que se
establecen con la realidad (Baz, 1996).
Por último y no menos
importante, en especial para quienes trabajamos desde cualquier perspectiva el
tema de la salud, el cuerpo es referente permanente de la identidad (Ledón
Llanes, 2001). La identidad (o identidades) es una construcción cultural y
espacio de producción de sentidos, que expresa la capacidad humana para la
interacción social y el carácter activo de los sujetos individuales y
colectivos en su capacidad autotransformadora (Torre Molina, 2008).
Nuestro cuerpo
constituye una de las vías más objetivas de representación de quienes somos, de
nuestras identidades, para los demás, y es resultado también de la evolución de
complejos procesos sociales.
Le Breton, por ejemplo,
argumenta que alrededor del siglo XVI, cuando comienza a insinuarse el cuerpo
racional y se prefiguran las representaciones actuales en las que el cuerpo
marca la frontera entre un individuo y otro y, por tanto, es fuente de
individuación, el rostro pasó a tener y a contener suficiente peculiaridad para
dar cuenta de la identidad individual. Se «inventa» el rostro, con lo cual el
proceso de individuación a través del cuerpo se hace más sutil. El individuo
deja de ser miembro inseparable de la comunidad, del gran cuerpo social, y se
vuelve un cuerpo para él solo (Le Breton, 1990).
Y aquí aparece una de
las más tradicionales paradojas en el tema: esto es, que el cuerpo sustenta
para el ser humano la paradoja de ser y tener un cuerpo a la vez. Es decir, a
través de él sostenemos una especial relación de identidad (porque somos el cuerpo
y lo que él contiene), pero también de propiedad (poseemos un cuerpo), paradoja
que interviene en la relación que tenemos con otros cuerpos que, a su vez,
también refieren a otras identidades y propiedades al mismo tiempo.
El cuerpo trasciende los
límites que circunda la piel que lo recubre. Y aquí accedemos a una segunda
paradoja: cuerpo material a la vez que cuerpo representado (Ledón Llanes,
2001). O al decir de Merleau-Ponty en su análisis sobre el potencial expresivo
y comunicativo del cuerpo, el mismo se percibe como uno de los objetos del mundo,
pero, a la vez y sobre todo, tiene una lectura subjetiva (Merleau-Ponty, 1966).
Otro significado
asociado al cuerpo como referente identitario está relacionado con los modos en
que interactuamos con él: las huellas que a través de esta (auto)relación —que
es, a la vez, interacción social simbólica— dejamos en el mismo; las huellas
que las múltiples interacciones con los demás imprimen a nuestro cuerpo; y los modos
en que dichas huellas, peculiaridades y modos de moldear se expresan en las
relaciones con los demás y con nosotros(as) mismos(as). A través de la relación
con el propio cuerpo se comprende a las otras personas no sólo por la capacidad
simbólica y representacional de éste, sino porque es a través suyo que
percibimos el mundo, específicamente la relación con los demás (Merleau-Ponty,
1966).
Como parte de este
proceso de interacción social en la construcción de las identidades, emerge el
tema de la imagen corporal, el cual será aborda do más adelante como una
expresión más de la relevancia que la cultura occidental imprime al cuerpo y
los prismas desde los cuales se entiende el mismo.
El cuerpo en Occidente. Fundamentos
Habiendo dejado en claro
los aspectos que consideramos básicos en la concepción de cuerpo (esto es, su
carácter histórico, social y cultural; su carácter polisémico; su capacidad
metafórica y el papel que juega dentro del simbolismo social; y su cualidad de
ser referente de la identidad), resulta entonces útil comprender su devenir
para la cultura occidental, lo cual nos permitirá comprender, primero, que las
nociones sobre el tema han sufrido cambios a lo largo del tiempo y del
desarrollo social; segundo, que por tal razón la manera de relacionarse con el
cuerpo también ha sufrido modificaciones; y tercero, que el manejo de dichos
contenidos nos permitirá comprender el porqué de las construcciones actuales
sobre el cuerpo.
Lo primero a referir
entonces es que la concepción actual occidental de cuerpo está basada en una
concepción de «persona» que nació con el desarrollo del «individuo» a partir
del Renacimiento. En este proceso coadyuvó el desarrollo del pensamiento
científico, todo lo cual incidió en la ruptura de la mezcla de la persona con
la colectividad y el cosmos, y en la desacralización de la naturaleza (Le
Breton, 1990), ambos esenciales para el proceso de individuación.
La evolución hacia una
estructura más individualista del campo social (esto es, más centrada en el
individuo) condujo a la noción moderna de cuerpo como frontera física que
delimita ante los otros la presencia del sujeto, y como factor de individuación
en el plano social. Por ello se refiere que el cuerpo «nació» con el individuo.
Se afirma que estas categorías comparten un origen común y han seguido un curso
del desarrollo caracterizado por la inter-retroalimentación.
Un segundo aspecto de
importancia para las nociones actuales sobre el cuerpo está relacionado con el
hecho de que su formulación se basa en los saberes provenientes de la biología
y la medicina. Como referíamos con anterioridad,
la propia noción de cuerpo comienza a «nacer» con el desarrollo del pensamiento
científico en dichas áreas del conocimiento. Las primeras disecciones
oficiales, realizadas en Europa durante el siglo XV, abren el camino para la
distinción entre cuerpo y persona en el orden del conocimiento: toda vez que
éste se convertía en objeto de estudio como realidad autónoma, se desarrollaba
un proceso de «borramiento ritualizado» del cuerpo: se le dejaba de considerar
como vía por excelencia para actuar sobre el mundo circundante, abriéndose el
camino a la búsqueda de la racionalidad (Le Breton, 1990).
Con el inicio de la
filosofíamoderna, a través de la figura de Descartes, no sólo se consagra la
razón como fuente principal de conocimiento y la evidencia como criterio de verdad,
sino que se instaura el pensamiento dualista, expresado también en la oposición
cuerpo/materia–alma/espíritu/mente/conciencia (Ledón Llanes, 2001).
Dos de los legados
fundamentales del desarrollo del pensamiento racional y de los saberes de la
medicina y la biología son, en primer lugar, la distinción entre un «alma» que
se valoriza y existe más allá del cuerpo, y un cuerpo comparativamente
depreciado por considerarse materia, «resto» (Le Breton, 1990). Estas nociones
refuerzan la ya denominada paradoja o ambigüedad entre «ser» y «poseer» el
cuerpo, de constituir un soporte del individuo, frontera en su relación con el
mundo y, a la vez, quedar disociado del propio sujeto al que le confiere su
presencia. Empero, en segundo lugar, este legado también se expresa en la
manera que concebimos el cuerpo en nuestros días: como un elemento que si bien
le pertenece al individuo y es el individuo, puede ser aislable del mismo. Es
decir, hay algo más que el cuerpo en el ser sujeto o individuo, sea que lo
consideremos razón, espíritu o alma. Finalmente, el legado de la biomedicina
también se expresó en la forma en que formulamos, comprendemos e intervenimos
sobre el cuerpo, desde una concepción anátomo-fisiológica.
Ahora bien, la
investigación desde diversas disciplinas (desde la neurofisiología hasta la
filosofía), ha dado al traste con esta idea de oposición cuerpo-mente, que
muestra un cuerpo que no se reduce estrictamente a un fenómeno material o
fisiológico, sino que impone la realidad de una experiencia tanto subjetiva
como social y cultural.
En este sentido no
quisiéramos dejar de considerar el aporte del psicoanálisis a la comprensión
del vínculo entre cuerpo y psique, cuerpo y sexualidad Básicamente, el aporte
del concepto de «pulsión» como concepto límite entre lo anímico y lo somático,
representante psíquico de los estímulos procedentes del interior del cuerpo, y
la consideración del cuerpo como un conjunto de zonas erógenas que constituyen
sedes de cargas y descargas de excitación de naturaleza sexual (Baz, 1996), que
se desarrolla en relación e interacción con otras personas significativas,
donde el lenguaje juega un rol primordial y constituye un aspecto esencial en
la propia conformación del cuerpo, enaltecieron no sólo la constitución sexuada
del sujeto a lo largo de todo su devenir, sino, en especial, el carácter
psicológico, social, cultural y sexual del cuerpo.
El cuerpo en Occidente hoy.
Algunas particularidades
de interés Las concepciones sobre el cuerpo en las sociedades occidentales
contemporáneas básicamente expresan continuidad respecto al proceso de
individuación (Le Breton, 1990): el cuerpo sigue siendo un elemento aislable
del sujeto sobre el que es posible intervenir; pertenece y a la vez delimita
ante los otros la presencia del sujeto, lo individualiza en el plano social; y
su concepción más arraigada continúa basándose en el saber anátomo-fisiológico.
Las particularidades que hoy se expresan en los modos de asumir y relacionarse
con éste, como veremos, continúan expresando dicho proceso de individuación.
En este sentido, el
cuerpo como propiedad se convierte en valor último como parte de un proceso de
retorno hacia sí mismo ante la precariedad de las relaciones sociales. La
exacerbación de lo individual, del sentido de propiedad, de la productividad, y
el ritmo cada vez más dinámico y cambiante de los procesos y la vida misma a
nuestro alrededor a partir del desarrollo de la tecnología, se integran para
profundizar cada vez más el abismo entre los seres humanos.
En estas circunstancias,
la construcción de la intimidad como valor en sí mismo se ve reforzada y se
integra a una consideración cada vez más autosuficiente del individuo sobre la
base de la estructuración del cuerpo como sistema homeostático que termina por
completarse con aquellos logros de la ciencia y la técnica que han estructurado
un sistema de vida menos dependiente de los/las otros/otras.
Paralelamente, el
fortalecimiento del paradigma cuerpo-máquina heredado de la biomedicina
prácticamente muestra que casi nada es imposible en términos de intervención
sobre el cuerpo humano, y que es posible no sólo multiplicar la eficiencia
corporal (como en los atletas de alto rendimiento), sino especialmente eliminar
sus «imperfecciones»: sustituyendo órganos dañados a través de trasplantes,
creando nuevos a través del uso de las células madre y ampliando el panorama reproductivo
hasta límites impensables hace sólo unas décadas atrás, entre otros.
Dicho paradigma, a su
vez profundizado por el deseo de aumentar la expectativa de vida humana,
refuerza la concepción instrumental del cuerpo humano y su construcción como
subordinado a la voluntad humana. Todo ello conduce a una suerte de
distanciamiento del cuerpo que se posee y que se es, e incluso para algunas
personas pudiera reforzar el sentido de propiedad sobre el de identidad.
Nuestras sociedades
experimentan desde la segunda mitad del siglo XX una especie de «fascinación»
con la imagen a partir de la cual se han creado infinidad de mercados, sin los
cuales parecería imposible vivir desde un sentido de modernidad. En este
contexto, el cuerpo como atributo identitario se «completa», se adorna, se le
demanda cotidianamente a portar mensajes. Los temas relativos a los cánones de
belleza, la pertenencia a ciertos grupos culturales, las demandas sociales, las
expectativas y atribuciones de género, ejercen aquí un rol esencial desde una
visión profundamente normativa.
Respecto a este último
aspecto, aparece una peculiaridad que parecería revolucionaria frente a las
tradicionales formas de estructurar socialmente los proyectos de género; a
saber, las masculinidades y femineidades: el intercambio de los signos tradicionales
femeninos y masculinos para asistir a un proceso de afirmación de lo andrógino
en la estructuración de la imagen corporal.
Aunque una mirada rápida
probablemente haría pensar en que, en la base de dicha flexibilización en el
uso de los símbolos tradicionales de roles antagónicos y/o complementarios
(para el hombre y para la mujer), se encuentra también una flexibilización y
apertura en cuanto a los procesos de adjudicación y asunción de roles y valores
durante la socialización del individuo, dicha afirmación de lo andrógino en lo
corporal y en la manera de moldear y construir visualmente el cuerpo, parece
ser resultado de una valoración más estética que genérica. Aun reconociendo los
logros alcanzados en materia de género, en unas sociedades más que en otras,
ciertas estructuras sociales básicas que
han tenido como propósito reproducir situaciones de vida desiguales para hombres
y mujeres, hasta el momento no han sido modificadas en su esencia.
La imagen corporal
Al ser conscientes de
parte del devenir histórico del cuerpo como construcción sociocultural, y habernos
aproximado a algunos de los ejes de significado que lo atraviesan, se impone la
reflexión sobre el tema de la imagen corporal.
La potenciación de la
práctica educativa, pensada en el sentido amplio de desarrollo del ser humano,
ha otorgado gran importancia a la evaluación de la representación que el sujeto
(infantil y adulto) tiene de su cuerpo como indicador de su desarrollo
intelectual y emocional. El trabajo con la imagen corporal ha servido como
estrategia para la superación de algunas dificultades en el aprendizaje, así
como en procesos preventivos y terapéuticos en salud mental, y en los psicopedagógicos
y educativos en general, en diferentes etapas de la vida (Baz, 1996).
Desde la psicología, la
imagen corporal es esencial para el equilibrio psíquico del individuo: ella es
resultante de un proceso continuo y dinámico de interacción y relacionamiento
con personas significativas en especial en los primeros años de vida, y
continúa enriqueciéndose a lo largo de toda la vida a partir de la interacción
(real y/o simbólica) con otros grupos y modelos humanos. Por tanto, está sujeta
a los cambios que enfrenta el individuo en cada etapa de su vida y según sus
circunstancias.
La conformación dinámica
de la imagen corporal constituye un proceso constante de estructuración y
desestructuración de la multiplicidad de imágenes de la propia imagen
(González, 2001; Molina López, 1996). La imagen del cuerpo es a cada momento
memoria de toda la vivencia relacional, y al mismo tiempo es actual. Se
actualiza en la relación aquí-ahora, mediante cualquier expresión relacional. Todo
contacto con el otro se asienta en la imagen del cuerpo.
Según David Le Breton,
la imagen corporal se estructura desde el entrecruzamiento de los ejes:
·
Forma: relativa al sentido de
integración entre las partes del cuerpo y sus límites en el espacio;
·
Contenido: da cuenta de la
construcción de la imagen del cuerpo como un universo coherente y familiar
donde se inscriben sensaciones previsibles y reconocibles;
·
Saber: relativo al
conocimiento que se tiene sobre la constitución del cuerpo, sus órganos y funciones;
·
Valor: relativo a la
interiorización de la perspectiva del otro acerca de los atributos físicos;
integra obligatoriamente juicios sociales (normas, esté tica) (Le Breton,
1990).
Estos aspectos aparecen
entremezclados en la conformación de la imagen corporal, interactuando y
enriqueciéndose dinámicamente entre sí; en cada uno influyen de forma
importante las redes de interacciones humanas que forman parte de la vida del
sujeto así como el legado social que recibe durante su existencia. Sin embargo,
en el elemento valorativo quizás se
expresan dichos procesos con mayor claridad. Centrémonos entonces en algunos de
los ejes de sentido que se le presentan como dados, y con visos de naturalidad
e inamovilidad, a los individuos en nuestras sociedades contemporáneas.
Uno de los más
asequibles está relacionado con las definiciones estéticas que tradicionalmente
han estado definidas por algunas características (pretendidamente homogéneas)
de las clases que han detentado el poder económico y político durante el
desarrollo del capitalismo: algunas de ellas con contenido intensamente racial,
llevan a dimensiones prácticamente milimétricas lo considerado «bello» para
mujeres y para varones en los diferentes momentos del ciclo vital. Aquí entra
en consideración el insaciable mercado de la moda, cuyos tentáculos han
traspasado los límites del vestir para definir modos de vivir, de pensar y de
ser.
Un segundo eje,
relacionado también con las definiciones estéticas, involucra los procesos de
salud a partir de una definición de la misma no sólo como ausencia «visible» de
enfermedad, sino sobre todo como construcción de una apariencia de salud que en
los últimos años parece estar relacionada con una imagen deportiva a expensas
del necesario equilibrio que para un real estado de salud debe existir con
otros aspectos, como la nutrición, la ausencia de hábitos tóxicos y la salud
mental. Imágenes «ideales» de jóvenes atléticos pero anoréxicos(as),
fumadores(as), bebedores(as), con conflictos en las relaciones interpersonales,
escondidos bajo una imagen de absoluta aceptación social, suelen inundar los
espacios visuales contemporáneos.
Y el tercer eje que
abordaremos aquí, estrechamente relacionado con los dos anteriores y que
constituye en mucho uno de los fundamentos sobre el cual los anteriores se
adhieren, es el relacionado con las construcciones de género.
El género es considerado
como una forma de ordenamiento de la práctica social en torno al escenario
reproductivo, como consecuencia de un proceso histórico que ha ubicado al
cuerpo humano como eje central, específicamente las diferencias anatómicas
entre hombres y mujeres. Su resultado se ha expresado en la construcción de los
significados de masculinidades y femineidades, y en su comprensión como
procesos continuos de adjudicación, resistencia y apropiación, atendiendo al
momento del ciclo vital e histórico-social concreto (Connell, 1997; Williams,
2002). Dicha categoría se expresa más concretamente en la forma de estructurar
roles, expectativas e ideales para mujeres y varones, definiendo lo esperable
para unas y otros desde una visión normativa y no pocas veces opuesta.
De esta manera, y aun
cuando las profundas luchas sociales por la equidad de género han disminuido
algunas brechas en los procesos de construcción de femineidades y
masculinidades, lo cierto es que las perspectivas tradicionales que adjudican
la pasividad, la maternidad, la receptividad sexual y la domesticidad para la
mujer y, por el contrario, la fortaleza, la productividad y el activismo sexual
para el varón, aún gravitan en el imaginario social. Sin contar con que existen
marcos aun muy estrechos para construir proyectos genéricos alternativos a esta
concepción binarista hombre-mujer.
Este último es un tema
importante como móvil para reflexionar sobre los tres ejes de sentido que
atraviesan nuestras representaciones sobre el cuerpo abordados con
anterioridad: coinciden en responder a modelos binaristas de pensamiento en el
que aparece un ideal que resalta desde el fondo de su contrario, el cual le
ayuda a esclarecerse. Es decir, uno se define a partir de la negación del otro.
En este sentido, se es bello(a) o feo(a), se es (o está) sano(a) o enfermo(a),
se es más o menos hombre o mujer en la medida en que los sujetos se acerquen más
o menos al cumplimiento de los modelos pre-establecidos en que se desarrolla el
proceso de socialización.
Los límites para estas
conceptualizaciones resultan tan estrechos e inflexibles que dejan múltiples
experiencias humanas fuera de lo socialmente aceptable. Veamos a continuación algunos ejemplos desde el campo
de la salud.
CUERPO Y EXPERIENCIAS DE
SALUD
Numerosas pueden ser las
experiencias de vida a partir de las cuales podríamos reflexionar y cuestionar
las normativas tradicionales desde concepciones estéticas, genéricas y de
salud. El carácter rígido, bipolar y esencial de dichas normativas y
estereotipos excluye una cualidad inmanente al hecho de ser humano: la
diversidad.
Dado el carácter de
nuestra labor, analizaremos algunas realidades de salud: el envejecimiento, la
discapacidad y la enfermedad.
El proceso de cambio
poblacional ha conducido, debido al efecto acelerado del descenso de la fecundidad
y al aumento de la esperanza de vida, a que muchos países, como es el caso de
Cuba, muestren una población con un importante peso de personas mayores de
sesenta años (Álvarez Vázquez, Rodríguez Cabrera y Salomón Avich, 2008).
La adultez mayor, como
etapa de la vida, constituye un proceso natural que no por tal ha dejado de ser
significado de diferentes maneras a lo largo de la historia de la humanidad.
Aunque en tiempos antiguos y en determinadas sociedades pudo haber sido
valorizado positivamente como cúmulo de experiencia y sabiduría, al parecer la carrera
desenfrenada por la producción de capitales condujo paulatinamente a
sobredimensionar valores que hoy se consideran propios de la modernidad: la
juventud, la vitalidad, la capacidad de trabajo y la sexualidad.
A partir de las
experiencias de los países que se encuentran en etapas avanzadas de transición demográfica,
se ha observado que la tendencia al envejecimiento provoca una serie de
consecuencias para la familia, la fuerza de trabajo, el sector de la salud y
los servicios en general (Álvarez Vázquez, Rodríguez Cabrera y Salomón Avich,
2008) que pudieran profundizar algunos de los significados que evoca el envejecimiento
en nuestras sociedades. Significados especialmente temidos (como la precariedad,
la fragilidad, la enfermedad, en fin, el inevitable carácter finito de la vida
y su asociación con la muerte) intentan exorcizarse sistemáticamente de
nuestras vidas cotidianas, incluso de los procesos de salud. El paradigma del
cuerpo-máquina es uno de los sentidos que alimenta dichas representaciones.
La vejez puede
significarse entonces en términos de retroceso, improductividad, depreciación, desvalorización:
el cuerpo pierde capacidades (físicas sobre todo), las redes de apoyo se
limitan, se dificulta la realización de algunas actividades y aumenta la
dependencia de los demás. Se produce entonces un proceso de duelo por la
pérdida o el despojo de aspectos considerados esenciales para la vida y por el
reconocimiento del pobre control sobre la
existencia.
Por todas estas razones,
al envejecimiento se le teme; se intenta a toda costa combatir sus huellas,
especialmente aquellas visibles para los demás; y se le afronta desde una
actitud de obligada resignación. Por tanto, se le considera como fuente de
estigmatización.
No obstante, al ser
considerado como un proceso natural y general, se aligera un tanto dicha carga
estigmatizante. Realidad diferente impone la discapacidad.
Ya se refiera al uso de
los sentidos, de la capacidad mental, de la estabilidad psíquica o de la
capacidad y estética corporales, los cuales retrotraen a significados asociados
a «incompletud», limitación y disfuncionalidad, lo cierto es que la
discapacidad impone diferencias en los modos de interacción humana, lo cual
resulta avasallador para el modo homogeneizante en que tienden a estructurarse
las sociedades contemporáneas. Ante la realidad de una discapacidad y la
limitación de las estructuras sociales y simbólicas para asimilar la
diferencia, el resultado es la estigmatización: a través de la señalización de
la diferencia como atributo desacreditante para las interacciones sociales (Goffman,
1986), queda excluido lo diverso de la «normalidad» y se ubica en guetos
representacionales que refuerzan la pretendida ilusión de que «lo normal» sigue
siendo lo general y homogéneo.
Goffman analiza la
situación del individuo «inhabilitado» para una plena aceptación social. Según
este autor, en sentido general la sociedad establece los medios para
categorizar a las personas y el complemento de atributos que se perciben como
corrientes y naturales en los miembros de cada una de las categorías (Goffman,
1986).
La identidad social del
individuo se construye en gran medida a partir de su apariencia. Por tanto,
cuando la persona muestra ser dueña de un atributo que lo vuelve diferente de
los demás, «menos apetecible», se le deja de ver como una persona total y
corriente para reducirlo a un ser menos preciado y desacreditado (Goffman,
1986). Y esto es con mucho lo que sucede con las personas que presentan
diferencias físicas, más especialmente quienes viven con alguna discapacidad
y/o enfermedad.
El estigma basado en la
diferencia corporal disminuye las oportunidades de éxito social, de tener
pareja, de conformar familia. La demanda social de rendimiento productivo se
asume como imposible de cumplir, aumentando las vulnerabilidades sociales de
quienes viven con alguna discapacidad. Se asume además de forma inmanente la
asexualidad y la limitación reproductiva. Los temas relacionados con la
diversidad sexual ni siquiera se plantean.
Finalmente accedemos al
campo de los procesos de salud y enfermedad, especialmente de las enfermedades
crónicas que, como bien se conoce, han aumentado su prevalencia e incidencia
como resultado del aumento de la esperanza de vida y del sostenimiento de
estilos de vida no saludables.
Las enfermedades
crónicas son consideradas como uno de los acontecimientos vitales que mayores
demandas implican en términos de recursos físicos, psicológicos y sociales. Su
larga duración, la intensidad de los cambios corporales que provocan, las
modificaciones que acarrean en áreas de vida significativas, el carácter
novedoso de la mayoría de estos cambios, y las demandas que implican en cuanto
a modificación de los estilos de vida del individuo, incluso sobre el sentido
de sí mismo(a), convierten el vivir con estas enfermedades en un verdadero reto
(Ledón Llanes, 2008).
Una revisión general
realizada respecto a estudios de corte psicosocial realizados con personas que
viven con enfermedades crónicas, arroja como resultados fundamentales: la
expresión frecuente de preocupaciones y sentimientos negativos en torno al
cuerpo, el impacto de dichos cambios corporales sobre el área sexual,
relacionado con cuán sexualmente deseable se siente el sujeto, y el impacto de
dichos cambios y significa-
dos sobre su sentido de
ajuste psicosocial, bienestar y calidad de vida (Ledón Llanes, 2001).
Entre los contenidos más
generalizados e intensos presentes en personas con enfermedades crónicas, se
encuentran aquellos relacionados con los cambios vividos en el cuerpo y en la
imagen corporal resultante, sea que dichos contenidos se enfoquen desde
perspectivas de rendimiento o de estética corporales. Su impacto no está
relacionado linealmente con el aspecto físico: él se ve atemperado
especialmente por los significados de la enfermedad y por cómo la nueva imagen
corporal modifica para sí y para los demás las diferentes áreas de relaciones
humanas.
Sobre el primer aspecto,
referencias al sentido de utilidad (rendimiento, productividad), deseabilidad y
normalidad suelen plagar las narrativas de los individuos que viven con
enfermedades crónicas, sobre el telón de fondo de significados asociados a la
muerte.
Porque enfermar es un
poco morir en vida.
La enfermedad también
implica un mayor alejamiento del cuerpo del individuo de los modelos estéticos
imperantes, situación que profundiza su sentido de vulnerabilidad física,
psicológica y social por bloquear el «diálogo» con el propio cuerpo y con otros
cuerpos (Ledón Llanes, 2001), lo cual se ve expresado en la sexualidad. Como al
envejecimiento y a la discapacidad, a la enfermedad se le atribuye
simbólicamente la asexualidad. Y en ello parece influir no sólo la expectativa
social que de los individuos «enfermos» se tiene, sino el hecho de que
ellos(as) mismos(as) tienden a sostener similares creencias estigmatizantes y
sobre lo que es una persona «normal» (Goffman, 1986). Dichas creencias se ven
reproducidas y profundizadas a partir de la estructuración del cuerpo humano,
desde el discurso biomédico, como campo de operaciones donde se lucha contra la
enfermedad, dejando entonces de ser representado como cuerpo sexual y sexuado.
No son precisamente
escasas las narrativas, tanto de mujeres como de hombres, que ubican como
aspecto vital en sus experiencias la señalización social de sus cambios
corporales, en especial aquellos construidos como socavadores de la identidad
sexual y de género («masculinizantes» para las mujeres, «feminizantes» para los
varones), desde un sentido de cuestionamiento, discriminación, e incluso
marginación. Pero aun en aquellas personas que no cuentan con dichas
experiencias, el temor a vivirlas las convierte también en realidad para sus
vidas, definiendo los modos de afrontar sistemáticamente el proceso de
enfermedad. Estas situaciones tienden a vulnerar profundamente al individuo y
multiplican su sufrimiento, aislamiento y sus dificultades para reinsertarse
saludablemente en su contexto social (Ledón Llanes, 2008).
Reconstruir los ejes
fundamentales que conforman la propia identidad, desde valores reestructurados
sobre la base del cuestionamiento de aquellos hegemónicos, parece imponerse
como proceso necesario de sobrevivencia.
EL CUERPO EN
La sexualidad es un tema
casi de obligado tratamiento cuando se aborda el cuerpo, además de estar
estrechamente relacionada con los procesos de salud. El ser humano es un ser
sexual y sexuado a lo largo de toda su existencia, y este carácter se expresará
y vivenciará desde la experiencia corporal. Pero también, como construcción
sociocultural y categoría histórica, la sexualidad no resulta homogénea en sus
significados y representaciones.
Desde nuestra experiencia
asistencial e investigativa, el discurso sexual tiende a construirse como tema
de importancia y área de vida fundamental que, sin embargo, no pertenece al
campo de la salud, a menos que aparezca un trastorno o enfermedad de carácter
sexual. Asimismo, se representa como campo privado, íntimo y frecuentemente construido
desde una perspectiva heteronormativa, e inserto dentro de los marcos de la
relación de pareja. Ello probablemente esté relacionado con los propios usos de
lenguaje que a veces parecen limitados para expresar la riqueza y diversidad
sexuales, y con el denominado «efecto auditorio», es decir, la adecuación de
los discursos a las circunstancias en las que se construye el mismo y según para
quien se construya —en este caso, proveedores(as) de la salud—, siguiendo
definiciones de legitimidad.
El coito se representa
como la función sexual fundamental, la meta o diana de la sexualidad; puede
relacionarse con su construcción instrumental para la reproducción y también
con procesos de genitalización de la sexualidad. Expresiones sexuales como el
autoerotismo, la masturbación a la pareja, el uso de juegos sexuales y de
fantasías, y la comunicación, tienden a ser construidas más como preparatorias
para el coito que como alternativas de expresión sexual.
Sobre estas bases es
posible considerar la existencia de una representación de la sexualidad y sus
expresiones en términos jerárquicos: ubicándose al centro la heterosexualidad
centrada en el coito, y quedando a la zaga, al menos desde la construcción
discursiva, cualquier otra expresión no hegemónica de la sexualidad.
En este contexto, ¿cómo
se representa el cuerpo?
El cuerpo se representa,
en primer lugar, como espacio objetivo o material de expresión de la
sexualidad. Es la vía, el instrumento, el medio de interacción real y/o
simbólica con otras personas. La visión mecánica del cuerpo, que también conduce
a un enfoque fragmentado del mismo, se expresa en la sexualización de algunas
zonas (genitales, zonas erógenas) en detrimento de otras. Las zonas corporales
sexualizadas se construyen como privadas y tienden a ocultarse de la mirada
social, lo que responde a la construcción intimista de la sexualidad.
Este proceso también se
relaciona con la visión jerarquizada de las expresiones sexuales y su
asociación con la meta reproductiva, desde una visión subyacente de la economía
de los cuerpos, es decir, de su uso para obtener resultados: la reproducción.
En el proceso de
construcción de la imagen corporal y sexual aparecen obviamente diferencias
atendiendo a múltiples determinantes, desde aquellos de carácter más
histórico-social hasta los más individuales y circunstanciales. Dentro de ellos
es indudable que el género impregna de importantes peculiaridades el proceso de
ser y expresarse como cuerpo sexuado.
El valor compartido de
las categorías «cuerpo» y «género» radica, en primer lugar, en que marcan de
manera profunda la conformación del ser humano y su propia definición como tal,
así como el universo de sus experiencias y proyecciones. Por ello se encuentran
tan íntimamente conectadas con temas tales como los relativos a las identidades
y a las bases sobre las cuales éstas se construyen: el vínculo particular
establecido con el cuerpo en las diversas etapas del desarrollo humano, las
formas concretas de expresión de femineidades y masculinidades, y los sentidos
atribuidos a la
interacción sexual
(Ledón Llanes, 2007).
Para los hombres, por
ejemplo, es usual encontrar la valorización de cualidades como la fortaleza, la
vitalidad, el cúmulo de experiencias y la madurez. Su apreciación social se
basa más en el tipo de relación social que establece con el mundo, en el
prestigio social alcanzado y sostenido y en su productividad. Al hombre se le asigna
el protagonismo en los espacios públicos y se le exige el sostenimiento de una
actitud activa y permanentemente dispuesta al encuentro sexual (básicamente a
partir de la garantía de su erección). La sexualidad masculina tiende a
construirse como esencialmente fisiológica y natural: es bien conocido que
contenidos tales como la existencia de una suerte de inevitabilidad e
incontrolabilidad del deseo sexual masculino que, una vez activado, debe
encontrar satisfacción, junto a la tendencia a desarrollar conductas violentas
y de riesgo para adecuarse a la demanda social de activismo, ubican en
condiciones de vulnerabilidad, especialmente de salud, a muchos hombres.
Para las mujeres la
situación puede expresarse de forma cualitativamente diferente: las construcciones
más tradicionales de género exigen de ellas una preparación para el encuentro
sexual basado especialmente en criterios estéticos. Su definición de atractivo
sexual —criterio especialmente manejado en el entorno femenino—se relaciona con
aspectos como la juventud, la salud y la belleza, ante cuyo no cumplimiento
pueden producirse severos procesos de devaluación. Las exigencias corporales se
dirigen además al cumplimiento de una disponibilidad sexual permanente ante la
«necesidad» sexual masculina, y también hacia el éxito reproductivo. Existe
entonces una demanda de receptividad.
La sexualidad femenina
se construye en términos generales como más subordinada a aspectos
psicosociales y de pareja, lo cual, unido al discurso simbólico que remite a
una «naturaleza femenina» morfológica, biológica y psicológicamente débil y
devalorizada en comparación con los atributos masculinos, legitima el
sometimiento de la mujer y su cuerpo, y la expone a importantes
vulnerabilidades sociales, sexuales y de salud.
Esta problemática de
subordinación de la mujer, combinada con la sobreestimación social de la
actividad masculina, es prácticamente universal, basado en los significados
culturales a partir de los cuales se interpretan las diferencias anatómicas
entre hombres y mujeres, más bien la capacidad de fecundidad, según Françoise
Héritier-Augé (Le
Breton, 1990). El
control social de la fecundidad de la mujer y la división del trabajo entre los
sexos son los ejes sobre los que giran la desigualdad entre mujeres y hombres.
Este hecho se expresa en la sexualidad femenina a través de una demanda de no
posicionamiento como sujeto sexual activo, sino como objeto del deseo del otro.
¿Y cuáles son las
expresiones más concretas de este proceso? Desde nuestra experiencia:
·
el
reforzamiento de la pareja como marco para el ejercicio de la sexualidad,
·
el
derecho al disfrute sexual más como inherente a lo masculino,
·
la
focalización sobre la preocupación por gustar, por ser deseable y atractiva
para lo cual es preciso cumplir con normativas estéticas y/o acercarse lo más
posible a las mismas.
El carácter plural,
diverso y complejo de la sexualidad femenina tiende entonces a quedar eclipsado
entre la autoexigencia de cumplimiento de una imagen corporal socialmente
aceptable y la demanda reproductiva que estructura el modelo ideal femenino de
la mujer-madre, modelo que garantiza la reproducción social y el sostenimiento
económico y familiar y que parece quedar sublimado a través de significados
como la entrega y el sacrificio.
ALGUNAS REFLEXIONES
FINALES
Como ha sido posible
apreciar hasta aquí, las representaciones sobre el cuerpo, la reflexión acerca
de su simbología y los significados que porta, resultan de vital importancia
para comprender los procesos de vida de mujeres y hombres, así como su
expresión en áreas como la salud y la sexualidad.
Probablemente lo más
importante a considerar en él sea su carácter eminentemente construido desde lo
histórico, lo social y lo cultural y, por tanto, la necesidad de abordarlo como
entramado simbólico cuyos significados trascienden su propia materialidad o
pretendido carácter natural.
Nuestra mirada entonces
deberá integrar adecuadamente lo fisiológico, lo psicológico, y lo social desde
un enfoque de género y sociocultural, partiendo de la perspectiva de potenciar
el desarrollo de valores que trasciendan lo aparente y que potencien, a partir
de la experiencia corporal, la salud y el sentido de bienestar.
Sobre estas bases,
resulta vital, ya sea que nuestro quehacer se desarrolle en los campos de
investigación, asistencia o intervención:
·
considerar
las representaciones sobre el cuerpo como aspecto de relevancia en nuestros
campos de acción;
·
hacer
«hablar» al cuerpob expresar, observar, interpretar, escuchar las experiencias
y analizar el material discursivo;
·
explorar
el papel que juega el vínculo con el cuerpo en la construcción de las
subjetividades, el ejercicio de la sexualidad y la proyección social de mujeres
y varones;
·
superar
las visiones binaristas y, en especial, la dicotomía tradicional sujeto-objeto
para comprender el potencial de expresión y significación del cuerpo;
·
trabajar
en la desarticulación de los estigmas asociados al cuerpo;
·
reevaluar
el sentido de placer, disfrute y autoafirmación en la vida cotidiana como
derecho inalienable
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