EL NUDO GORDIANO[1]
DE
Dra.C. Leticia Artiles
Visbal
Asociación
Latinoamericana de Medicina Social (ALAMES)
ACCIONES COMO INDICADOR
DE EFICIENCIA EN LOS SERVICIOS; ASÍ COMO PARTIR DE
THE
GORDIAN KNOT IN GENDER INEQUITY—TECHNOLOGIES AND REALITIES OF
HEALTH
SCIENCE
IS A SYSTEM OF SOCIAL DIFFERENTIATION DEVELOPED WITHIN THE TRANSFORMATIVE
INTERACTION OF THE PERFORMING HUMAN SUBJECT AND NATURE. HEALTH SYSTEMS ARE ALSO
ESTABLISHERS OF SOCIAL DIFFERENTIATION THAT SEGMENT POPULATIONS AND INCREASE THEIR EXPOSURE
AND VULNERABILITY. LIKEWISE, GENDER CAN BE VALUED AS A SYSTEM OF SOCIAL
DIFFERENTIATION STRUCTURED UPON HIERARCHICAL POWER RELATIONS DETERMINED BY THE LEVEL
OF CONTROL OF RESOURCES OF WOMEN AND MEN. THE PAPER ASSESSES THE INTERSECTIONS
OF THE GORDIAN KNOTS IN ISSUES SUCH AS: THE LACK OF KNOWLEDGE OF THE OTHER IN
REFERENCE TO LEARNING, SELF CARE, AND
VIOLENCE AS A PRIVATE PROBLEM, TRAINING OF HEALTH CARE HUMAN RESOURCES,
AND THE MODELS OF TRAINING USED. IT ALSO PROPOSES THE NEED OF A GENDERED MEDICAL
MODEL, INCLUSIVE OF A HEALTH-CENTERED PREVENTIVE APPROACH, AND JOINTLY FOCUSED
ON EQUITY BETWEEN THE SEXES; THE DESIGNING OF ACTIONS BEARING IN MIND
CULTURAL DIVERSITY AND SOCIAL
BEHAVIORS IN A DETERMINED SOCIETY; THE SATISFACTION OF THE
NEEDS
OF THE POPULATION TOWARDS WHICH THE ACTIONS ARE GEARED, AS INDICATIVE OF
EFFICIENCY IN SERVICES; AND LIKEWISE, THE NEED TO STEM FROM A EPIDEMIOLOGY OF
DIFFERENCES, TO STUDY HEALTH-DISEASE SITUATIONS. KEY WORDS: GENDER, SCIENCE, HUMAN
RESOURCE TRAINING, HEALTH PREVENTIVE APPROACH
INTRODUCCIÓN
El contexto
socioeconómico constituye el escenario de desarrollo de los seres
humanos.
Cuando las condiciones
económicas y sociales están marcadas por desigualdades injustas, se expresan en
dipolos de poder (superior/inferior) —ricos/pobres, blancos/indios-negros,
hombres/mujeres, norte/sur, Occidente/Oriente, público/privado— y condicionan
las formas de vivir, pensar, actuar, trabajar, crear valores, enfermar y morir.
La ciencia es un sistema
de diferenciación social, desarrollada en la interacción transformadora entre el
sujeto humano actuante y la naturaleza; es una construcción social, influenciada
por intereses políticos, económicos que determinan los valores de quien o
quienes la materializan (Valls Llobet, 2006); como sistema social no puede
abstraerse del entorno; y los productos del conocimiento y la innovación
emergerán progresivamente en la medida que se acceda y se controlen
equitativamente los diferentes recursos: económicos, información, conocimiento,
educación y tiempo.
Los sistemas de salud
son igualmente diferenciadores sociales que segmentan poblaciones e incrementan
su exposición y vulnerabilidad (WHO, 2005).
Del mismo modo el género
puede ser analizado como un sistema categorial de diferenciación social que se
estructura sobre relaciones jerárquicas de poder, determinadas por el nivel de
control sobre los recursos. El género en salud se asume acríticamente vinculado
sólo a la mujer, o sustituyendo equívocamente al término «sexo», lo que es
frecuente en informaciones epidemiológicas, estadísticas y bases de datos
probablemente por la falta de operacionalización para su uso práctico y por el
insuficiente conocimiento y disponibilidad de indicadores género-sensibles,
macroindicadores e indicadores domésticos, sobre todo de estos últimos;
consecuentemente está ausente en la captura y análisis de información en
los registros continuos de las
instituciones de salud, en los sistemas de vigilancia epidemiológica y en la
explicitación en políticas y programas de salud.
El condicionamiento de género es la base de
la diferenciación del sistema social de género, sustentado en el proceso
biocultural determinado por el conjunto de atributos asignados y asumidos según
el sexo biológico, que conforman una manera particular de vida y de concepción
del mundo o, lo que es lo mismo, una subjetividad diferente para hombres y
mujeres. La construcción de una identidad excluyente de lo masculino y lo
femenino a partir de la apropiación consciente o inconsciente de un universo de
valores, prácticas, lenguajes, símbolos y formas de aprehender el mundo,
condiciona la reproducción de la cultura como continuidad.
La complejidad del
condicionamiento de género está dada por su estructuración socio-ambiental no
lineal, construido sobre una cadena de ambientes que se entrelazan constituyendo
el entramado de la determinación de la vida, y en particular de la salud como
objeto de estudio que nos ocupa.
Este conjunto de
ambientes incluye el macroentorno cultural e ideológico en que se inscriben los
sistemas más generales de Derecho y de políticas en los que se apuntan las
escuelas médicas. Éstas se explicitan en un mesoentorno, geográfico e
institucional, en sus prácticas (la organización de los ser-vicios de salud y de
los diferentes sectores e instituciones que conforman el espacio de reproducción
social o espacio territorial, espacios de actuación donde se gestan las
inequidades; la pobreza, la segregación, la marginalidad y la exclusión; los
conocimientos, las actitudes y prácticas de las personas y de los profesionales
de la salud): todo constituye el sistema que favorece o no las condiciones en
que viven las personas, en su microentorno: familia, pareja, trabajo, redes
sociales y de las personas per se
como sujetos de vida que, formados en esos entornos complejos, tienen un terreno
biológico, una biografía y un conjunto de capitales (económico, cultural,
simbólico y social), de los que todos y todas somos responsables como seres
humanos para garantizar un mundo azul que amenaza ser eliminado por los dipolos
discriminantes, la inequidad y la ignorancia de los factores reales y no
formales que los originan. Se necesitan valores humanos como creer y tener la
voluntad de construir, desarrollar y fomentar la justicia social para ese mundo
mejor a que todos y todas aspiramos.
El engarce entre los
sistemas de ciencia, salud y género constituye un nudo gordiano, ignorado, para
el que hace falta la espada que lo corte definitivamente.
ENGARCES DEL NUDO. IGNORANCIA DE LOS OTROS SABERES O EL
CONOCIMIENTO EXPROPIADO
Un dipolo de inequidad
se estructura sobre el desconocimiento o subvaloración de la diversidad de
sistemas de conocimientos o culturas. Se obvia la visión holística de la salud
humana por el conocimiento farmacológico de sustancias vegetales y animales, por
las prácticas curativas que integran la experiencia psicológica, la cosmovisión
y lo biofísico a través del uso de alucinógenos (Bant Haver,
2001).
La inequidad se expresa
en el rechazo e insuficientes avances al profundizar e integrar los sistemas de
conocimientos, absorbiendo culturas en desmedro de prácticas propias. Ejemplo de
lo anterior es que hoy día nadie se ha preocupado de la protección de los
derechos intelectuales del conocimiento farmacológico indígena, lo que favorece
su expropiación por las industrias farmacéuticas y biomédicas
(ibíd.).
El insuficiente
conocimiento de la diversidad y la consideración de la validación solamente de
los sistemas en un posible «reconocimiento formal de iguales», que no se
produce, responden a un sistema excluyente que no reconoce que la experiencia
social de todo el mundo es más amplia y variada que lo que la filosofía y la
ciencia occidentales reconocen, y que esa riqueza es desperdiciada, por lo cual
se requiere dar un salto, proponer un modelo diferente de racionalidad
(incluyente) que reconozca que cualquier totalidad está hecha de heterogeneidad
y que las partes que la componen tienen vida propia fuera de ella; un sistema
que piense en términos de las dicotomías fuera de las articulaciones y
relaciones de poder que las unen, como primer paso para liberarlas de dichas
relaciones y para revelar otras relaciones alternativas que han estado ofuscadas
por las dicotomías hegemónicas (Sousa, 2005). Es decir, pensar el sur como si no
hubiese norte; pensar en la mujer como si no hubiese el hombre; pensar en el
esclavo como si no hubiese señor, porque esas dicotomías obligadas cerraron la
totalidad de los fragmentos dispersos que no han sido incluidos. Luego hay que
proceder a utilizar la sociología de las ausencias para demostrar que lo que no
existe es, en verdad, activamente producido como no existente, esto es, como una
alternativa no creíble a lo que existe, pues se trata de trasformar las
ausencias en presencias centrándose en los fragmentos de la experiencia social
no socializados (ibíd.)
El dipolo «saberes
occidentales/orientales-indígenas», «biotecnológicos/sanación», los
roles
específicos
«médico/shaman» y «verticalidad/horizontalidad» en la atención en salud, constituyen engarces muy difíciles de
desatar si no se asume una nueva posición para su comprensión, producción de
conocimientos y alternativas para la toma de decisiones.
Dentro de la reconocida
ciencia occidental, de validación estadística, de ensayos clínicos controlados
(de gran valor para la acumulación de evidencias y constatación y validación de
técnicas y medicamentos), se producen sesgos por exclusión inequitativa de
dipolos establecidos y de sus fragmentos ignorados.
En el caso de los
sistemas de género se ha podido constatar el desarrollo de
investigaciones
científicas,
específicamente ensayos clínicos realizados sólo entre hombres al suponer que
los resultados pueden extrapolarse directamente a las mujeres, sustentado en la
creencia inclusiva que la esperanza de vida de las mujeres es mayor que la de
los hombres debido a una protección natural, aunque ha sido demostrado que la
carga de morbilidad y discapacidad en la sobrevida es muy alta, lo que se puede
traducir en que «las mujeres no viven más, sino que se mueren más tarde».
Estudios de seguimiento como el Framingham Heart Study, por citar un ejemplo,
desarrollado durante más de un cuarto de siglo, han demostrado que los factores
de riesgo respecto a la muerte súbita son diferentes para las mujeres y los
hombres (Valls Llobet, 2006a). Y es que mujeres y hombres no son iguales:
existen diferencias entre las características fenotípicas femeninas y masculinas
que condicionan diferencias en la respuesta biológica a las variaciones del
entorno. Las mujeres presentan
menor masa muscular promedio, menores
recursos hemodinámicos, menor volumen cardíaco y de concentración de
hemoglobina por litro de sangre, mayor proporción de grasa respecto al músculo y
mayor capacidad de regulación neuroendocrina, lo que les confiere ventajas para
el control de la agresividad y para la disponibilidad de reservas en períodos de
estrés. La configuración neuroendocrina, junto a las demandas de su aparato
reproductor, condicionan la sobrecarga premenstrual, las disfunciones menstruales y la labilidad
cardiovascular y psicoendocrina (Breilh, 1996: 91; Valls Llobet, Borras y
Fuentes, 1999: 3). Por tanto, no somos iguales, somos
diferentes.
En investigaciones que
utilizan el análisis multivariante, el sexo se ha incluido como variable, pero a
veces sirve más como variable confusora que como una variable predictiva o
pronóstica. Sus efectos son controlados en resultados estadísticos y
posteriormente ignorados; encuestas y cuestionarios olvidan preguntas relativas
a las condiciones de vida y a diferencias en sobrecarga de trabajo y doble
jornada; una pregunta tan simple como el número de personas que viven en el
mismo hogar, podría ayudarnos a obtener una visión más realista (Rohlfs et al.,
1997).
Los efectos que sobre la
salud tienen los factores relacionados con las sobrecargas de género para las
mujeres, no han sido todavía plenamente investigados: la inequidad en el control
sobre los recursos, la multiplicidad de roles, la sobrecarga desigual en la
atención a la familia y el trabajo doméstico y la doble jornada. Se ha
demostrado en algunos estudios que a) el género es un factor de riesgo que en
determinadas condiciones puede ser causa o contribuyente al incremento en la
percepción de síntomas; b) el desempeño de los roles de género se asocia con
valores que incrementan en dos veces la percepción de síntomas climatéricos; y
c) las mujeres no siempre están conscientes del efecto del condicionamiento de
género sobre su salud, por lo que atribuyen la causa a la biología (la
menopausia) y nunca a la estructuración inequitativa social, lo cual influye en
que las mismas no encuentren opciones para eliminar o atenuar los efectos del
climaterio atribuidos exclusivamente a lo orgánico. Por tal razón las
«soluciones» disponibles se basan en el empleo de fármacos, esencialmente
psicofármacos (psiquiatrización del climaterio), o en el tratamiento hormonal,
lo cual supone la insuficiente inclusión del componente social y cultural y, en
particular, de género en la etiología de la disfunción (Artiles Visbal, Navarro
Despaigne y Manzano Ovies, 2007). En este punto tampoco se puede obviar que las
conductas de los hombres ante determinados
comportamientos de prevención y cuidado para la salud son restrictivas a
partir de la construcción masculina de desvalorización de la atención a la salud
como signo de debilidad. Estudios realizados por Tájer (2000) han puesto en
evidencia que «la identidad de género masculina tradicional expone más a los
sujetos varones que a las mujeres al riesgo».
Otros temas, como la
focalización de la investigación médica en las áreas relacionadas con la salud
reproductiva y la planificación familiar, han dejado en un segundo lugar otras
etapas determinantes del ciclo de vida: la menopausia, los comportamientos
masculinos en la etapa reproductiva en el ejercicio de un compromiso y una
paternidad responsable, el tabú de la menstruación y las falacias que asignan
síntomas biológicos a los comportamientos sociales, como la «disminución de la
libido» asignada a la etapa del climaterio cuando en más del 70 % tiene una
concordancia con las relaciones sociales de género en que se involucra la pareja
(Artiles Visbal, 2005).
Ante estas evidencias es
necesario considerar que en la totalidad no se puede obviar la diversidad; desde
las ciencias de la salud, en la investigación y en la práctica médica los
hombres no son iguales a las mujeres; por tanto, hay que rescatar la producción
de conocimientos y su tratamiento para que los sistemas de salud sean realmente
equitativos.
EL AUTOCUIDADO COMO
ETERNO AUSENTE
Este reconocimiento de
lo no igual, y en particular las diferencias de la significación y práctica de
la mujer como mitad de las poblaciones, culturalmente socializadas para un «ser
de otros», responde a una razón consuetudinaria («Siempre fue así») y se traduce
consecuentemente en la normativa de programas y políticas de salud. El gran
ausente en lo regulado y en la vida cotidiana es el autocuidado como forma
protagónica de la prevención en salud, lo cual constituye un importante
componente de la inequidad en salud, relacionado directamente con el empoderamiento de las
mujeres.
En este sentido es
necesario valorar diversas formas de educación que propendan al fortalecimiento
de las capacidades de las mujeres y apuesten por procesos de mpoderamiento desde el autocuidado. El
empoderamiento en la salud de las mujeres, desde investigaciones e
intervenciones de autocuidado, posee importancia, ya que:
·
trae consigo un proceso
de autonomía (actitud interna de fuerza) para asumir medidas que propendan hacia
la salud, sin estar sujetas o dependientes de la atención impartida desde un
exterior;
·
eleva el poder «desde
adentro» como instancia que surge del mismo ser;
·
potencia el desarrollo
de sentimientos como la autoestima y la confianza en sí mismas, para que las mujeres puedan intervenir
asertivamente;
·
se trata de un proceso
que incrementa las capacidades para asumir los asuntos que tienen que ver con la
vida personal y muy significativamente con la sexualidad (uno de los terrenos de
dominación corporal y psicológica más difíciles de confrontar por las
mujeres);
·
como proceso, también
enfrenta condiciones de sincretismo de género que se viven en las diversas
esferas de socialización, convivencia y cotidianidad de las mujeres; por tanto,
revertir la cultura de postergarse y ser reconocidas desde el «ser para otros»,
predominante en las mujeres, por un «ser para sí», en el que se visibilicen y
prioricen asuntos que tienen que ver con su vida;
·
para sí que fortalece la
capacidad para decidir en todo lo que compete con los mundos de la corporalidad,
la emocionalidad y la espiritualidad, así como lo concerniente a su salud
integral, sus afectos y sus opciones ante la sexualidad;
·
reforzar procesos
democráticos, comunitarios y de solidaridad, así como la conformación de grupos de apoyo entre
las mujeres, fortalecen fuerzas colectivas en la defensa de sus derechos e
inciden en los determinantes sociales y en los postulados políticos de la promoción de la salud
(Arango Panesso, 2007).
IGNORANCIA DE
Un enorme vacío en la
producción de conocimientos alrededor de la salud de las mujeres, provocada por
esa uniformidad de los patrones hegemónicos de lo masculino y de lo heterosexual como paradigma cultural
establecido, aceptado y asumido, normado y
vivenciado en la cotidianidad, se ubica en los temas referidos al
lesbianismo en todos los órdenes y, en especial, el que se refiere a la salud de
las mujeres lesbianas, lo que constituye otra parte de la inequidad en salud
(Alfonso Rodríguez, 2002).
Estamos convencidas de
que existe:
·
falta de sensibilidad
por estos temas en la formación académica y en la investigación científica, con
una visión que no alcanza a colocar la salud como resultado de la capacidad de
solución a las necesidades diferentes de determinados sujetos de
salud;
·
la necesidad de
considerar a dichos sujetos como sujetos sexuados capaces de elegir libremente
con quién o quiénes desean vivir su sexualidad y compartir su experiencia
erótica;
·
la necesidad de entender
la salud como derecho humano de las personas; por tanto, el disfrute de la
sexualidad y el respeto por la orientación sexual requieren visualizarse en su
interrelación con la salud y con el derecho de las mismas a la
salud;
·
carencia de sensibilidad
ante el derecho de las mujeres lesbianas a una atención médica de calidad, que
sólo puede comenzar a lograrse en la medida en que seamos capaces de mover los
resortes de prácticas afincadas en evidencias que no consideran la diversidad
sexual ni los riesgos de una elección sexual diferente al sexo oficial.
La falta de
reconocimiento explícito de la violencia, y en particular la violencia basada en
el género, es un problema de salud, y no un problema privado. Por tanto, todas
las instituciones jurídicas, policiales, educativas, de salud y las vinculadas
directa o indirectamente a esta triste epidemia universal deben dar respuesta
real (y no formal) definitiva con acciones efectivas. La insuficiente producción
de conocimientos en este ámbito y, lo que es peor, lo poco incluido en las
prácticas y políticas no sólo de los organismos de salud, sino de los vinculados
a la toma de decisiones, con el fin de dar respuesta a tan infausto problema,
constituyen parte de la inequidad en el derecho a la salud, básicamente de las
mujeres, y parte de las violaciones a los derechos humanos y las desigualdades
que conducen a las inequidades sanitarias que fragilizan y afectan las situaciones de
salud y de vida que son completamente evitables e
injustas.
Los impactos de la
globalización constituyen una malla que enreda los engarces del nudo entre los
sistemas de ciencia, salud y género, en tanto que la producción de conocimiento
en esta dirección es prácticamente
inexistente.
Los efectos de la
globalización como fenómeno ligado al estímulo de un consumismo ilimitado
conduce a crear necesidades desbordadas en las mujeres, que afecta su salud
mental. El consumismo se está legitimando como una cultura de poder, en la cual
la posesión de mercancías se convierte en un satisfactor fundamental (Arango
Panesso, 2007).
La insuficiente
producción de resultados de investigaciones y de publicaciones científicas que
develen cómo la imagen del cuerpo femenino desde una estética publicitaria y
light, promovida por los medios de
comunicación, ha conducido a afectar la salud de las mujeres, quienes, por medio
de dietas no saludables, cirugías estéticas y/o conductas anoréxicas o
bulímicas, arriesgan severamente su salud.
En las escuelas de
medicina occidentales predomina un modelo de formación médico hegemónico, que se
caracteriza por los siguientes atributos:
·
predominio de la
concepción médica como ciencia biológica
·
enfoque
curativo
·
medicalización de los
procesos
·
paciente como
«objeto»
·
práctica médica
tecnologizada
·
relación vertical de
poder,
en contraposición con un
modelo médico social, en el cual predomina:
·
la concepción de la
medicina como arte que se integra a la biología
·
la población como objeto
de atención
·
trato al paciente como
“individuo-persona”
·
humanizar y
desmedicalizar los procesos
·
hacer horizontal la
relación profesional de la salud-paciente (Artiles Visbal,
2004).
Estas formas prevalentes
de formación se expresan en los sistemas de prestación institucional
mayoritariamente:
[...] la salud, aún se
rige por reglas abstractas que desconocen las diferencias individuales y
contextuales y prescinden de factores sociales, culturales y situaciones
específicos de las poblaciones involucradas. La salud parece ser vista desde la
perspectiva de cómo funciona el cuerpo o la mente y no desde la perspectiva de
cómo funciona la sociedad [González y Sánchez, 2000].
De esta manera, según la
historia de las últimas décadas, se ha demostrado que la introducción de la perspectiva de género
como elemento socializador en la formación de recursos humanos y en los
productos básicos de los sistemas académicos, que incluyen la docencia, la
extensión universitaria y la investigación, ha sido escasa. En una investigación
presentada por
·
La inclusión de la
perspectiva de género en el ámbito de la salud en las últimas décadas en América
Latina, ha correspondido a un proceso no sistemático de investigadores,
principalmente mujeres, que pertenecen predominantemente a organizaciones
no gubernamentales y, en menor
medida, a programas y centros universitarios.
·
No ha existido una
estrategia que oriente a una investigación en salud para el desarrollo con
enfoque de género, que conduzca a una agenda de investigaciones que incorpore el
enfoque de género y en la que no existan criterios para la asignación de
recursos.
·
Resistencia a otorgar
estatuto científico a los estudios de género, considerándolos de baja calidad y poco rigormetodológico, a
partir del posicionamiento de las llamadas «ciencias duras en la
salud».
·
En el ámbito específico
de la investigación en salud, los Estados tienden a visualizar la existencia de
inequidades en relación con dimensiones de etnia, estratificación socioeconómica
(o de clase), de región, incluso de edad, mientras las inequidades de género
tienden a permanecer ocultas.
·
La investigación en
salud con perspectiva de género se realiza principalmente en las ciencias
sociales con bajos niveles de interdisciplinaridad con las ciencias biomédicas y
con bajos niveles de interlocución o diálogo con los investigadores de las
ciencias médicas.
·
Las investigaciones
epidemiológicas no incorporan el enfoque de género a pesar de lo enriquecedor de
considerarlo en los perfiles epidemiológicos.
·
Los resultados de las
investigaciones quedan limitados a los espacios académicos con bajo impacto en
las políticas públicas.
·
Inexistencia de agendas,
por parte de los Estados, de estrategias para promover la investigación con esta
perspectiva.
·
Insuficiente
disponibilidad de financiamiento de programas o líneas de investigación en
salud, lo que hace muy fragmentaria la investigación en este campo particular y
dificulta la realización de estudios (González y Sánchez,
2000).
Se pueden añadir, además
de estos resultados, elementos que convergen de la práctica,
como:
·
asumir acríticamente la
categoría género y restringirla a «estudios de la mujer»;
·
centralizar los estudios
en la etapa reproductiva, quedando otras etapas del ciclo de vida, como el que
incluye a las mujeres de edad mediana como un segmento desprotegido por las
estadísticas y por los programas de salud;
·
considerar que la
perspectiva de género puede incorporarse a la investigación, pero no a los
sistemas de atención clínica.
En resumen, falta mucho
por andar para poder formar el capital humano de los recursos humanos que incorpore en sus acciones,
estrategias y políticas un modelo médico generizado. Resulta necesario
que:
·
las acciones preventivas
y educativas se diseñen, planifiquen, ejecuten y evalúen sobre la plataforma de
los patrones culturales y comportamientos sociales para los sexos en una
sociedad determinada;
·
el objeto de estudio lo
constituya la población según el sexo;
·
el método de estudio sea
la epidemiología de las diferencias;
·
la formación incluya una
visión humanística en la que predomine la concepción de la medicina como arte, y
se integren las condiciones subjetivas que afectan diferencialmente a las
mujeres y a los hombres;
·
se promueva el
predominio del enfoque preventivo centrado en la salud y el bienestar sustentado
en la equidad entre los sexos;
·
se considere al
individuo-persona «generizado»;
·
en la integración de lo
biológico y social, se incorpore el condicionamiento y la perspectiva de
género;
·
se naturalicen los
procesos desde el reconocimiento de las diferencias;
·
se humanice la
prácticamédica en una dimensión holística;
·
se involucre en el acto
diagnóstico, la orientación y toma de decisiones al paciente según sexo y
género;
·
se mida la eficiencia
del servicio en función de la satisfacción de las necesidades de la población
según el sexo.
Es necesario trazar
estrategias que permitan incorporar la perspectiva de género en la formación
académica de pregrado y postgrado, en la investigación científica y en la
extensión universitaria, a partir de la capacitación de los sectores sociales
desde los ámbitos académicos, como vía de una mayor integración
universidad-sociedad.
Considerar e
instrumentar la perspectiva de género como una herramienta de análisis y de
instrumentación en las políticas públicas en salud, constituye un desafío para
la lucha por la salud como derecho ciudadano y bien público. Resulta un deber la
instalación perentoria de capacidades para su instrumentación en los diferentes
ámbitos de la salud con el fin de que se convierta en la espada necesaria para cortar el nudo
gordiano de la inequidad de género en salud.
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(draft). 5 de mayo.
NOTAS
[1] En Gordión (actual Anatolia) había un
yugo con una cuerda ceñida por un nudo complicado. Según narra la leyenda, un
campesino llamado Gordias (de ahí el nombre de Gordiano) llevaba sus bueyes
atados al yugo con unas cuerdas anudadas de modo imposible de desatar. Este
hombre, al llegar al poblado, cumplió un augurio que promulgaba el hecho de que
el futuro rey de Frigia vendría por la Puerta del Este acompañado de un cuervo
que se posaría en su carro. Según las tradiciones, quien consiguiera desatar el
nudo gordiano podría conquistar Oriente. Cuando Alejandro Magno (356-323 a.C.)
se dirigía a conquistar el Imperio Persa en el 333 a.C. tras cruzar el
Helesponto, conquistó Frigia, en donde se enfrentó al dilema de desatar el nudo.
Solucionó el problema cortando el nudo con su espada. Esa noche hubo una
tormenta de rayos, lo que simbolizaba, según Alejandro, que Zeus estaba de acuerdo con la solución, y dijo: «Es lo
mismo cortarlo que desatarlo.» Efectivamente Alejandro conquistó Oriente. En
http://es.wikipedia.org/wiki/Nudo_gordiano.